Extracto del libro Fantasmas literarios, Taurus, 2018.

POR Hernán Valdés
Artículos

Fantasmas literarios

Testigo y protagonista de una época excepcional, Hernán Valdés evoca en esta obra a los escritores que conoció en su juventud, rememorando el espacio literario y social del cual fueron protagonistas, entre la década del cincuenta y el golpe del 1973. En este extracto, recuerda y ajusta cuentas con Nicanor Parra, Claudio Giaconi y José Santos González Vera.

PARRA

Hay la sensación de que Parra ha abierto una ventana en una habitación saturada de Neruda y dejado entrar un poco de aire fresco . Si antes Teófilo ha hecho una referencia a ese remozamiento poético, ha sido ahora en El Bohemio que, como buen guardián del templo, ha dejado escapar que «a Breton le habría gustado», marcando bien la diferencia entre el benévolo «gustar» y el severo «admirar». Y es que Parra ha retomado algo que Tzara y los surrealistas ya habían hecho en su contexto cultural, pero que los tardíos seguidores chilenos habían sido incapaces de vincular al contexto cultural de su propio medio: los juegos consigo mismo y los elementos de la cultura local.  Más aún, la adopción del surrealismo no pasó de ser para ellos otra cosa que una pura adopción intelectual: ninguno supo «surrealizar» sus propias experiencias, ninguno hizo versos surrealistas tomándose como objeto a sí mismo. El mérito y el éxito de Parra consistieron en cambiar las cosas: mirarse a sí mismo, aun en lo más doliente, surrealmente, como un extraño.

Nicanor me ha invitado a almorzar.  Vive en un edificio nuevo en Alameda esquina Mac Iver, en uno de los últimos pisos, sin vista a la calle. Me recibe en una sala que es a la vez comedor, provista de muebles modernos funcionales, sin carácter.  Aparece brevemente Inga, su mujer, lo justo para saludar. Es alta, delgada, rubia, con una tez de lozanía todavía juvenil, una típica nórdica, bonita, pero sin ningún relieve particular.

Debe ser unos quince años menor que él. «Nos conocimos en Oxford», dice Parra, como si se excusara de algo, y enseguida, quizás para evitar cualquiera sospecha de sentimentalismo:

«Me tomó por un príncipe armenio.  Yo nunca la contradije». A primera vista, uno podría considerarle extranjero, aquel tipo de mestizo anglófilo que mencioné, si no fuera por la amplia, inteligente frente. Aun así, Nicanor es ante todo una apariencia, llena de alusiones británicas, como si a duras penas hubiera logrado imponerse esas formas y modos, y ahora ya no pudiera o no quisiera abandonarlos: esas variadas chaquetas de tweed, los pantalones grises, los pulóveres de cachemira, esas maneras medidas y circunspectas; la apariencia de un hombre tímido, inseguro de la impresión que causa en los demás, especialmente ésta de la contradicción entre sus versos y el aspecto de su matrimonio pequeño burgués moderno instalado en un perfecto orden doméstico. Después de un momento uno presiente, sin embargo, que esas apariencias vestimentarias y faciales no son otra cosa que disfraces, no tanto para confundir a los demás, sino para burlarse de sí mismo .

Durante el almuerzo —la eterna cazuela chilena—, hablamos de temas generales, de los conocidos y sus últimas anécdotas. Inga no participa, apenas sonríe. Y como le pregunto por Luis Oyarzún, a quien aún no conozco personalmente, cuenta de la «peladilla» que le hicieron en el liceo Barros Arana, humillante juego consistente en bajarle los pantalones a la víctima y echar puñados de tierra sobre sus genitales .

Terminado el almuerzo Inga se retira.  Durante el café enciendo un cigarrillo . Nicanor pone una cara de discreta alarma.

«Es que sufro de asma», dice, y abre de par en par la ventana, que da a un patio interior. Se sienta, algo alejado de mí . Y como no tengo idea de lo que es el asma, sigo fumando tranquilamente. «¿Quieres que te lea algo?», me propone, después de un momento. «Enormemente», respondo, halagado. Y él, con una hermosa voz baja e íntima, sin ningún énfasis, comienza a leerme fragmentos de La cueca larga. Cuando termina, tratando de disimular mi desconcierto, le felicito. Y es que no sé de dónde me viene una aversión por lo folclórico, especialmente cuando está expresado en versos .

«No te ha gustado».

«No es eso. No es lo que esperaba».

«¿Y qué esperabas?».

Titubeo.  ¿Cómo puedo atreverme a esperar algo que me plazca a mí de Parra? Pero al fin me atrevo: «Esperaba algo en el estilo de Poemas y antipoemas. Otra vuelta de tuerca en ese estilo».

Me  mira sorprendido, casi asustado. «En esa forma sólo se puede escribir una vez. Porque esas experiencias» —es la única ocasión en que le veré mostrar una expresión dramática— «sólo se pueden vivir una vez». Quedamos en silencio. Pienso, por un instante, en los rumores sobre su vida privada, una primera mujer abandonada a una suerte miserable, cuántas sórdidas historias de la vida de cada cual que callaremos o que transformaremos cínicamente en literatura.

«Pero tú has ridiculizado esas experiencias, por así decir».

«¿Y qué querías que hiciera? Con Neruda se acabaron los tangos».

Inga reaparece para despedirse.  Lo hacen sin ninguna demostración de amor.  Quizás tiene razón, quizás sus pasiones quedaron atrás.

Inga y Nicanor: nunca se sabrá qué les unía, si algo les unía. En cualquier caso, a ninguno de ellos se les ocurrirá imaginar que casi dos décadas más adelante estarán en campos opuestos: él celebrando a su manera el golpe militar, ella preparando visas y documentos en el consulado sueco para los asilados en la embajada, ya casada de nuevo con un hombre de negocios. A mí mucho menos.

GIACONI 

De pronto nos conocemos todos. Probablemente nadie recordará cómo ha ocurrido, quién ha introducido a quién. En el estrecho café Jamaica de Huérfanos con Estado pasan un momento o toman asiento Jaime Laso, Hugo  Berti, Marta  Jara, Enrique Lihn, Gabriel Carvajal, Jorge Cáceres, hermano del poeta Omar, Perico Müller, Onfray y Vélez, Esther Matte, Claudio Giaconi y, últimamente, Luis Oyarzún y Roberto Humeres. Algunas inconstantes admiradoras a veces nos hacen compañía.

Veo venir a Giaconi por la calle Huérfanos como pisando la nieve de San Petersburgo, con aquel aire indiferentemente atormentado de Onegin, tras años de ausencia en el extranjero para olvidar un duelo absurdo y a una mujer amada; o más bien como Gogol, pensando en la salvación de Rusia, preguntándose «¿Cuál es el buen camino? ¿Dónde está la salida?», o incluso con la expresión del príncipe Fabrizio Salina, abrumado por insolubles conflictos en Il Gattopardo. Porque Giaconi nos ha introducido en todo eso, en el océano de la literatura rusa y en Lampedusa, con una pasión no sólo intelectual, también somática, que le lleva a cohabitar los escenarios, a encarnar los personajes. Todo eso ocupa su espíritu y se refleja en su rostro, que pasa de las expresiones del entusiasmo juvenil a los tormentos de la senectud.

Si algo le distingue de nosotros, además de todo aquello, es su elegancia. Es alto y delgado. Tiene una tez mate, pero ligeramente cenicienta, empalidecida por un total desconocimiento de la luz solar . Viste siempre el mismo traje marrón con chaleco, que parece replanchado cada día por manos vigilantes, traje que él cuida con la mayor atención, evitando toda posibilidad de manchas .

Siempre pregunta, después de hurgar en los bolsillos de su chaleco con sus largas manos, si uno puede invitarle un café. Jamás tiene un centavo, nunca un cigarrillo, pese a que es un empedernido fumador. Habla con entusiasmo de sí mismo, es decir de sus escritos y lecturas, y nunca de su vida privada. Debe andar sobre los veinticinco, pero uno puede ya imaginar cuál será su aspecto veinte años después. Su madurez, incluso su decrepitud, están prefiguradas en su cara. No se sabe nada de él ni en qué consiste su familia, se ignora qué ha hecho antes de aparecer en el café, si ha estudiado algo, cuál es el origen de su adicción a la literatura y en particular a la rusa. Al anochecer, a la hora en que nos encaminamos a un bar o a comer algo, si existe una invitación, él se despide. Nadie le ha visto nunca fuera de las horas vespertinas del café. De la literatura rusa, prefiere las situaciones tragicómicas de ese mundo estancado, en especial Gogol. Pero también admira a Faulkner. La literatura nacional o latinoamericana le deja indiferente. «Criollistas, marginalistas, anecdotistas», dice, mirando en rededor. Aquí no se ha hecho todavía —quizás exceptuando a Blest Gana— una literatura burguesa. Hemos imitado tantas cosas, pero no el siglo XIX en su literatura. Es como si no existiera una burguesía, con sus grandes, pequeñas y sórdidas historias. No hay testimonios. Lo que pasa es que los escritores han sido y somos de la clase media para abajo. Unos ignorantes de la sociedad» .

Tras unas semanas de ausencia, reaparece en compañía de Maritza Glico. Cómo la ha conocido y cómo han llegado a ser amantes es tan misterioso como el resto de su vida.  En cualquier caso, forman una pareja perfectamente novelesca, él con su aspecto de aristócrata siciliano arruinado, ella de princesa eslava en el exilio. Pero su aparición es fugaz: a Claudio le persigue la policía y ahora él y Maritza van en busca de un nuevo refugio . Ha ocurrido que los ladridos del perro de su vecino, un general retirado, no le dejaban concentrarse durante el día ni dormir por las noches. Tras repetidas protestas verbales, Claudio ha escrito una carta al general, acusándole de promiscuidad con comportamientos bestiales, instigación a la ferocidad animal, recordándole que vive en un mundo civilizado y no en los baldíos de sus campamentos militares y, en fin, haciéndole ver, como escritor, el desprecio por la intimidad y complacencia de un ex servidor de la República con las satisfacciones guturales del mundo animal. El general, enfurecido, le ha demandado por ofensas a su persona y al honor del ejército. Su influencia ha puesto a toda la policía en marcha con una orden de arresto.

Más tarde sabré que un juez le ha exculpado y que él ha partido a Italia con una beca. Un día, después del golpe del 73, sentado a la mesa de un café en París, le veré venir exactamente como le veía desde El Jamaica, y tras saludarnos y servirse él de mis cigarrillos, me contará de su vida como periodista neoyorquino. Luego intercambiaremos algunas cartas. Me informará que escribe eternamente una novela, que vive solo y adora su rutina, consistente en comer el mismo steak, hecho de la misma manera, cada día, a las siete de la tarde.

GONZÁLEZ VERA 

Fina  observación de  su temática, cuidadoso lenguaje, José Santos González Vera es quien ha estado más cerca, en estos tiempos, de hacer una literatura no restringida al puro ámbito local. Un paso más, si hubiera podido dramatizar sus personajes, es decir introducirnos, como Chejov, en la complejidad disimulada por la apariencia insignificante y trivial de sus vidas, y hubiéramos tenido un escritor vigente en cualquier lugar y tiempo. Pero esa insuficiencia ha sido la de muchos de nosotros entonces, sometidos a la estrecha perspectiva de un rincón del mundo .

González Vera es director del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad y voy a visitarle en su oficina de la calle Huérfanos por recomendación de Esther. Se trata de mi empeño en encontrar un trabajo .

Me recibe con sencillez y cordialidad.  Le expongo mi situación, le pregunto, con el embarazo del caso, si puede emplearme. Me considera con benevolencia: «Mi querido amigo, lo último que yo le recomendaría sería entrar en la administración pública. La burocracia le matará como escritor. Por lo demás, las limitaciones del presupuesto me hacen imposible ofrecerle algo. Pero mire, usted es tan joven, el mundo está lleno de posibilidades para usted. Miles de experiencias, que serán el material de su obra, están a su alcance. A su edad, y aun antes y después —y no piense que me jacto de ello—, yo he sido pintor, lustrabotas, vendedor de cualquiera cosa, peletero, en fin, no voy a aburrirle con mis variadas ocupaciones. Y doy las gracias a la necesidad, porque ella me ha puesto en contacto con la vida .  No, no, no piense eso, no quiero decir que usted tenga que hacer lo mismo . Probablemente usted no está hecho para los trabajos físicos. Pero aproveche entonces su intelecto. Hágalo rendir al máximo. Aprenda a vivir de él. Si me permite, yo puedo ayudarle. ¿Por qué no escribe usted un par de conferencias? Los temas no faltan. Tráigame en un par de semanas dos conferencias y veremos. Buscaremos una sala.  El público nunca falta. Hay los que vienen por interés y los que buscan calor y abrigo. Y si todo va bien, usted repetirá sus conferencias en otras partes. Podrá recorrer el país, y cuantas más conferencias haya preparado, tanto mejor. No ganará mucho, pero podrá sobrevivir. Además, habrá ganado enormes experiencias».

Se levanta, me extiende la mano, me anima. Nunca se me ocurrió siquiera considerar su consejo. Como si me hubiera propuesto hacer alpinismo. Pero, haya sido dado el consejo de buena fe, o como un modo gracioso de deshacerse de mí, me queda un amable recuerdo de González Vera. Un anarquista romántico en su juventud, un buen escritor dentro de los límites del medio, un hombre íntegro. Morirá en 1970, antes de saber del gran vuelco y, felizmente, antes de sufrir la noticia de que su yerno, Carmelo Soria, sería encontrado flotando en el canal San Carlos, en 1976, tras haber sido torturado por los militares.

Fantasmas literarios, Hernán Valdés, Taurus, 2018, 274 páginas.