Homs, primer capítulo del libro Memorias de un emigrante, Ediciones UDP, Colección Vidas Ajenas, 2017.

POR Benedicto Chuaqui
Artículos

Memorias de un emigrante

Publicado en 1942, Memorias de un emigrante, de Benedicto Chuaqui, se ha ido convirtiendo en un libro fundamental para entender, desde un ángulo fuera de lo común, la sociedad chilena de primera mitad del siglo XX. Chuaqui, nacido en Homs (Siria) en una familia tan pobre como tradicional, llegó a Chile en 1908 y conoció los intersticios ocultos de la vida local gracias a su trabajo inicial como falte, o comerciante ambulante. El choque cultural, el aprendizaje en las calles, la formación de un hombre en un medio extraño, el pulso de la vida misma, todos esos elementos conviven en las páginas de este libro escrito con amenidad, inteligencia y sentido de la observación. Un clásico de nuestra pequeña historia.

Veo con relieve inolvidable  las calles de Homs, ciudad de Siria donde nací y en la que transcurrieron  los más bellos días de mi infancia.

Quién sabe si por ser primogénito,  fui criado con cierta regalía en el modesto hogar de mis padres que me mimaron desde muy pequeño, haciendo gran alarde de mi precoz inteligencia y de mis gracias infantiles ¡Qué poco se puede confiar en la verdad de este juicio que surge de la ternura paternal!  Y es que en el hijo, renovación maravillosa de la vida, cada hombre ve reflejada su propia existencia con todos sus defectos y virtudes.

Cuando evoco aquellos tiempos  y las  características esenciales de las gentes  de mi tierra, puedo apreciar las grandes diferencias que existen, si se comparan  con las de esta parte del mundo, en su manera de vivir.

En Homs, por lo menos en la época a la cual me refiero, 1895, año de mi nacimiento, la mayor parte de su población estaba compuesta por familias de recursos económicos muy limitados, lo que no obstaba para que su moral fuese muy estricta e imbuida en un exagerado sentimiento religioso.

 

Un clima duro hace que allí las costumbres  adquieran ciertas modalidades muy típicas. Un verano ardiente y pesado pone a prueba el esfuerzo individual en las penosas labores de las cosechas y demás trabajos de la época, que son indispensables para afrontar los largos y crueles días del invierno, en que las prolongadas nevazones obstruyen calles y caminos, haciendo punto menos que imposible toda actividad afuera. Durante semanas enteras la gente vive encerrada  en sus viviendas, viendo cómo cae la nieve, lluvia blanca y silenciosa, cuya acumulación  a veces derrumba los techos de las viejas casas, causando  verdaderas catástrofes familiares con reiterada frecuencia.

En esa  época es  cuando se  le da una importancia preferente a los tejidos que se hacen en telares rústicos, de algodón, hilo o seda. En todas las casas se ve el telar, en donde los obreros realizan su paciente labor. El industrial les  entrega el material en bruto  y éstos  se  dedican a limpiarlo y ovillarlo después de una minuciosa operación que no deja de tener interés por la forma en que se ejecuta. Hay que mojar los hilos y secarlos a la sombra para volver a humedecerlos con leves rociadas, práctica que sin duda influye en la resistencia del tejido.

Los sábados el tejedor entrega su obra de la semana y junto con el salario recibe el material para la siguiente. El salario que percibe está en relación con la calidad de la tela que entrega.

Todos  estos  obreros  viven, como ya he  dicho, en una  pobreza suma y su alimentación es muy frugal. Generalmente su comida consiste en pan y frutas: higos, dátiles, pepinos, uvas, aceitunas. Por la noche un plato de verduras o legumbres.  Los más pobres se contentan con un trozo de pan con sal untado en aceite. La sopa es muy poco apetecida y sólo muy rara vez se consume.

Para los chicos, y seguramente para los grandes, el do-mingo era el día de fiesta, porque se podía saborear las viandas y exquisitos guisos de cordero, que es la carne más apreciada. El vacuno, mucho más barato, casi no se come.

La precaria condición en que el obrero vive, hace que éste ponga el mayor empeño en ahorrar durante el verano, a fin de reunir los medios para aprovisionar su despensa y poder esperar así el invierno. La mayor preocupación era tener trigo para la molienda. Se mandaba al molino y allí cada cliente, a su turno, intervenía en la faena de cocer, pelar y secar el grano, ayudado por su familia. Esta tarea daba lugar a las más divertidas escenas entre chicos y grandes, pues los molinos están siempre construidos en las afueras  de la ciudad, rodeados de huertas y jardines y junto al río. La naturaleza contribuye, pues, a que esa tarde tenga su parte de deleite y de sana alegría. El resto de las provisiones para el año consistían en aceite, azúcar, miel, cebollas,  lentejas,  garbanzos,  arroz, café, nueces, almendras, mantequilla, etc.

En Homs, la bebida de mayor consumo era el anisado (aguardiente con anís), que se prepara en cada casa cociendo el jugo de las uvas en alambiques primitivos, para guardarla en grandes toneles, pues allí no existen tabernas ni depósitos de licores. El vino lo beben sólo aquellas personas que disponen de cierta holgura económica.

La manera de hacer el pan es realmente  curiosa. La masa se confecciona en el hogar y cada pan lleva, generalmente, un  pequeño dibujo que sirve para distinguirlo de los demás al ser enviados a un establecimiento que se ocupa únicamente de la cocción en grandes hornos.

Incontables fueron las ocasiones en que yo, siendo un pequeñín, salí de mi casa muy de madrugada, muchas veces antes  de que apareciera el sol,  llevando en una enorme bandeja de hierro los grandes panes. Era la única manera de conseguir un buen turno en el horno y poder regresar con pan fresco para el desayuno.

Recuerdo que en uno de estos viajes hacia el horno, la carga que llevaba era abrumadora. Mis manos entumecidas casi no podían sujetar la bandeja. De pronto resbalé en la nieve y al caer recibí en la cabeza el golpe de la bandeja que me dejó aturdido. La amable ayuda de un vecino amainó aquel accidente y sólo así pude cumplir mi diligencia. La vuelta era siempre más fácil. Ya era de día y transitaba mucha gente por la calle. El pan cocido pesaba menos y el frío no era tan intenso. El vaho tibio que se desprendía del pan era también reconfortable y ayudaba a desentumecer mis manos ateridas.

Olvidé anotar que las mujeres de los tejedores, también, se ocupaban en sus casas en trabajos de hilados y tejidos. Algunas ganaban tanto como los hombres, pues su destreza y minuciosidad eran casi iguales. Mis padres fueron tejedores y cuando faltaba el trabajo en el telar de mi madre aceptaba el de hilados. Por ser el hijo mayor, asumía una gran responsabilidad en todas estas labores, que en su mayor parte eran superiores a mis fuerzas.

Mi padre trabajaba en las noches hasta muy tarde. En cambio, mi madre prefería madrugar. Yo  les  ayudaba a embobinar los hilos mientras ellos hacían las  telas. Por las noches,  el sueño me cerraba los párpados,  pero la conciencia de nuestra pobreza me daba ánimo para recuperar energía y seguir ayudándoles. Y por las mañanas, ¡qué dulce y agradable era poder dormir  un ratito más! Casi nunca era posible tal regalía, pues mi madre con palabras y caricias me despertaba para que la acompañara, porque era muy miedosa. La oscuridad, para ella, siempre estaba poblada de fantasmas o espíritus malignos. Sin embargo, mi compañía la tornaba valerosa, dándole ánimo, aunque, a decir verdad, yo la superaba en aprensión.  Las gentes allí son muy adictas a contar historias  fantásticas,  de demonios, hechiceros y duendes que asechan a los niños. Por las noches  reina en los hogares el ambiente de “las mil y una noches”. Con frecuencia mi padre, para acortar la velada, contaba fábulas e historias maravillosas, en las que siempre había un genio maligno que se robaba a un príncipe, para transformarlo en un camello o en la piedra de un molino. O bien lo encerraba en lóbregas cisternas, alimentándolo con pan duro y caldo de cucarachas.

En cada casa había un pozo profundo, de donde se extraía el agua para los usos domésticos. Como en la ciudad no existían lavanderías, en cada hogar también se hacía el lavado de la ropa. Mi madre acostumbraba  lavar por las noches y yo, después de embobinarle los hilos a mi padre durante el día, tenía que sacar agua del pozo dando vueltas a la pesada roldana que tiraba el balde. ¡Era una faena muy fatigosa para mis escasas fuerzas de niño!

Al narrar  en  forma simple  y  sencilla  todos  estos menesteres de nuestro hogar, no me lleva otro propósito que el de reflejar el ambiente común a toda la población de aquella ciudad de Homs que vive grababa en mi memoria con caracteres indelebles.

Las viviendas, aunque en general no ostentaban lujos de ninguna especie, eran en cambio amplias, bien ventiladas y llenas de luz que penetraba por sus grandes ventanales. No había allí cités, ni conventillos. Tampoco esas habitaciones  que aquí se designan con el nombre de colectivos.

Otra de las curiosidades de mi pueblo natal era la ausencia completa de farmacias y de dentistas. En cierto modo, estas funciones las desempeñaban  en forma rudimentaria en las peluquerías. En ellas se sacaban muelas y dientes, se vendían sanguijuelas y se aplicaban  ventosas. Había una sección destinada a lavar y a planchar turbantes. Eran actividades tan diversas que, en realidad, resultaban estrafalarias miradas desde esta parte del mundo. Pero allá era lo normal. Aún más, la profesión de peluquero era muy ad- mirada, pues gozaba de un prestigio que seguramente surgía de su contacto con la mayor parte de la población.

El peluquero era comúnmente un hombre de maneras corteses y no exentas de zalamerías. Así, por ejemplo cuando veía venir por la acera de enfrente a una persona, no era menester que la conociera para dirigirle un saludo obsequioso:

–Bienvenido sea el señor. ¡Adelante!

Eran hombres que sabían de todo un poco. Con una pizca de charlatanería suplían su ignorancia de muchas cosas. Además de su oficio entendían de medicina, farmacia y dentística.

Mi padre tenía un primo peluquero. Y nosotros, los pequeños, nos sentíamos orgullosos de tal parentesco, sin dejar de pensar en que con el tiempo su oficio se transmitiría a sus hijos y, entonces, la gente les haría cambiar su apellido por el de “Peluquero”. ¡Qué hermoso sería llamarse de este modo!

Sin embargo, el primo Jalil, a pesar de haberse casado muy joven, no había tenido descendencia. Se le morían lo hijos poco después de nacer. Su mujer era prima de él y por este motivo le costó gran trabajo conseguir que la iglesia efectuara su matrimonio. La ley canónica ortodoxa no admite esta clase de reuniones y sólo las acepta después de una elocuente advertencia y de una dispensa en dinero. Por esta causa eran muy raros los matrimonios  en que los cónyuges estaban unidos por lazos de consanguinidad.

¡Con qué sincero anhelo esperábamos nosotros que un hijo del primo Jalil se criara y tuviera después un oficio! Llegaba nuestro deseo a ser tan fuerte, que en nuestras oraciones a la hora de la misa así lo pedíamos. En más de una ocasión le pregunté a mi padre por qué razón Jalil se había casado con su prima, siendo que, como se decía, la sangre degeneraba. Pero él me contestaba con evasivas que cada vez excitaron más mi curiosidad.

Un día se lo pregunté a un muchacho mayor que yo, que tenía fama de pícaro por sus reiteradas tunanterías. Con aire de “sabelotodo” éste me respondió al punto:

–Es que Jalil se enamoró de su mujer antes de estar de novio con ella.

Mis ojos se dilataron de asombro y no pude ocultar mi impresión:

–¡Enamorarse antes de estar de novio! ¡Qué escándalo! Y para mis adentros  me quedé pensando en si podía ser verdad que en la vida ocurrieran  esas cosas que sólo suceden en las leyendas. Mi amigo me agregó:

–Jalil es hombre muy ilustrado y los hombres  así no creen en esas cosas. Tienen más libertad en la vida…

A mí me daban ganas de replicarle que eso era arriesgar el futuro de los hijos. Pero esta conversación me sirvió después para sacar mis deducciones cuando se hablaba de la desgracia del primo Jalil. En esas pláticas familiares aquella situación se resumía en la siguiente frase: “La felicidad no es nunca completa”.

Yo sentía un gran cariño por el primo Jalil, pues apenas me divisaba corría a mi encuentro para alzarme en sus brazos, regalándome en seguida con toda clase de golosinas: almendras confitadas, maníes o dulces. En seguida, levantándome de nuevo, me miraba largamente y suspiraba entristecido, terminando por decirle a mi padre:

–¡Es como una vela encendida! ¡Que Dios te lo conserve con vida!

Y mi padre, muy grave, no sin cierto orgullo, le contestaba:

–Dios  es pródigo. El premiará tu buen corazón y te concederá un hijo.

En realidad, el primo Jalil era un hombre bondadoso. En nuestra casa se susurraba –aunque él no lo decía– que los servicios del establecimiento jamás se los cobraba a mi padre. Asimismo cuando me cortaba el pelo. Y si sabía que teníamos enfermos en casa, era el primero en acudir a prestar sus servicios sin pedir remuneración de ninguna especie.

Entre los parientes no era raro que de tarde en tarde se echara un “pelambre”, como en esta tierra se dice, a los ausentes. Mas, del primo Jalil nunca se hablaba mal. Seguramente porque no era feliz. Porque la dicha de él y la nuestra hubiera consistido en ese hijo que no llegaba.

Memorias de un emigrante, Benedicto Chuaqui, Ediciones UDP, Colección Vidas Ajenas, 2017, 332 páginas.