Rupturas Culturales en Dictadura / Artículos

La gráfica radical de Luz Donoso

Fallecida en 2008, la obra de Luz Donoso sigue representando un camino de acceso profundo, pero aún poco transitado al corazón de la relación, siempre problemática, entre arte y vida. La intensidad de su obra, marcada por la violencia de la dictadura y las formas de resistirla, se manifestó en exposiciones, en intervenciones fugaces en la ciudad y en la elaboración de un archivo personal y, sin embargo, de alcance colectivo.

Por Paulina E. Varas

En la obra de arte me interesa la fuerza,
y ajusto mi obra a esa necesidad.
La transformo en afiche para que entre de golpe,
y su efecto persista.
Luz Donoso (1977)

La artista Luz Donoso (1921-2008) desarrolló una práctica del arte persistente, que fue recogiendo y registrando los sucesos de la vida política y cultural chilena. Su formación fue autodidacta y se vinculó con diferentes grupos para aprender técnicas y conformar espacios de encuentro e intercambio como el taller 99 desde los años 50, el taller de grabado del partido comunista en los 60 o el TAV (Taller de Artes Visuales) desde los 70. Destaca en los años 60 su interés por el muralismo, que la implicó junto a otros artistas en la elaboración en 1964 de los famosos murales de la 3ª campaña presidencial de Salvador Allende en los tajamares del río Mapocho. Luz Donoso fue muy activa en el gobierno de la Unidad Popular colaborando con diferentes iniciativas culturales y políticas, donde también se desempeñó como profesora de la Universidad de Chile en gráfica y grabado. Es allí donde conoció y mantuvo vínculos hacia adelante con diferentes artistas, pertenecientes a lo que más adelante su gran amiga Nelly Richard denominará la Escena de Avanzada como Carlos Leppe, Carlos Altamirano, Hernán Parada, entre otros/as. Las colaboraciones que mantuvo Luz con artistas como Virginia Errázuriz, Francisco Brugnoli, Lotty Rosenfeld, Diamela Eltit y muchos/as más en los años 80 fueron para ella vitales para articular su propuesta artística y política más allá de los límites del arte institucionalizado, llevándola a actuar como ella insistía “dentro y fuera del arte”.

Si bien expuso en diferentes lugares, en muchos casos sus obras aparecieron en ámbitos que no correspondían al espacio del arte, sino que emergieron en la calle sitiada por el orden dictatorial y desaparecieron en un instante. Así ocurrió con las “acciones de apoyo” realizadas en relación con agrupaciones de derechos humanos de Chile, y junto con otros artistas, como Hernán Parada, Elías Adasme, Sybil Brintrup o Patricia Saavedra. Lo mismo sucedía con los “calados” dispuestos en la ciudad, que consistían en matrices de madera o cartón con las cuales Luz Donoso marcaba espacios públicos con pintura en spray para diferentes objetivos, como señalizar lugares donde habían ocurrido hechos de violencia o para reproducir rostros de personas desaparecidas por la dictadura. Pese a todo este escenario de austeridad en la exhibición artística, ella guardó cada uno de sus dibujos, cada una de sus notas en libretas infinitas, cada recorte, idea, fotografía o fotocopia intervenida. Se trataba de un quehacer que quería proponer lugares también para el lenguaje, y desde un tipo de radicalidad inaugurar unas formas de hacer urgentes en un espacio público y privado contaminados por el miedo y la violencia, como queda reflejado en estas palabras, extraídas de un texto inédito de su archivo:

La fuerza de mi obra proviene de la experiencia de mi vida y de lo que no puedo vivir. Estoy cerca de aquellos para quienes la obra de arte no es un fin, y elevo la importancia de su efecto hasta extremos desmesurados. Desadaptada, retenida hasta la desesperación, conozco la fuerza que se traspasa a mi obra. La fuerza que domina mi obra proviene de mi desadaptación.

Sitúo el trabajo y las ideas de Luz Donoso en ese entrelazamiento de conocimientos y prácticas producidos por mujeres que reconocen, a pesar de todas las dificultades de un sistema social que las oprime, una gran potencia de saberes a compartir en el futuro. Y prueba de ello fue que conservó su archivo como parte de un gran acervo de las posibilidades radicales del arte, la gráfica y el cuerpo en la ciudad. El cuidado de la artista de un material documental en momentos de represión social de la dictadura militar chilena, se complementa con el cuidado de este material de Luz por parte de su hija luego de su muerte.

Este entrelazamiento nos exige un tipo de atención un poco diferente de la convencional. Recuerdo el gran impacto que tuve al ver por primera vez una fotografía en que Luz posaba en el patio de su casa en Santiago junto a su obra “Huincha sin fin… hasta que nos digan dónde están”. Se trata de una serie de cintas de papel donde ella adhirió fotografías, recortes de prensa, frases de personas detenidas desaparecidas por el régimen dictatorial, “una obra-memorial”, pensé primero, pero aquella cuota de clausura que tienen los memoriales públicos se alteraba por la frase inscrita en una de las cintas con letras de molde:

“hasta que nos digan dónde están…”.

Aquella insistencia por la vida, por la verdad que nos permite seguir, aquel aliento que al final nos hace creer en la libertad es aquella potencia sensible, aquella política de lo delicado que me hizo estremecer; no solo el tamaño de la obra, no solo los retratos de la desaparición de personas, sino que aquella insistencia. Esa conciencia colectiva basada en una memoria común de los cuerpos que faltan; ¿cómo recomponer esos lazos y vínculos a pesar de la experiencia de la violencia sobre nuestros cuerpos, desde la delicadeza y la suavidad? Esta condición de cuidado es aquella que nombré como un archivum delicatum, ya que expande los límites de los relatos cuyos documentos plantean líneas de fuga posibles para pensar sentidos en el presente.

La obra de Luz Donoso compone una forma de habitar esos lugares desde la conciencia de la memoria y el archivo para los momentos que se vivían dentro y fuera del arte, que ella registra como obra. Arte y vida, arte-registro y vida. Eso en Chile es importante porque la vida estaba determinada por condiciones límite: personas detenidas desaparecidas, violencia, censura, campos de concentración, entonces es un vocabulario diferente el que emerge y que tiene que ver con la noción de arte-registro-vida.

Prueba de ello es la acción de apoyo realizada por Luz junto a Hernán Parada y Patricia Saavedra, con el rostro de Lila Valdenegro en múltiples pantallas de televisión en una céntrica calle de Santiago, un rostro de una mujer detenida desaparecida, una “versión” femenina del horror y la violencia imperantes sobre los cuerpos desaparecidos. La búsqueda de los cuerpos ya no era solo eso. Había que reformular la relación con la imagen y trazar otras vías en la representación con nuevos signos y acciones: el desmembramiento, la salida a la calle, la colección de panfletos y el registro fotográfico de cómo se lanzaban al aire en las manifestaciones.

El trabajo artístico y político de Luz se resiste a entrar en categorías fijas y presenta complejidades que nos exigen expandir los límites de lo que entendemos como un arte político comprometido únicamente desde la macropolítica.

Su potencia micropolítica vinculada con procesos radicales de arte y vida, desborda esas formas convencionales, las desmarca, las sitúa dentro y fuera, las pendulariza. Cuando ella se refiere a su obra de 1976 “Calados para marcar fechas y lugares determinados en la ciudad”, dice: “Aquí se utiliza el tiempo como amenaza ya que estos van a ser utilizados. De ahí en adelante, no soporté más repetir sin aportar algo nuevo, por más leve que fuera. El factor ‘arte’ se fue trasladando a otro lado. Está bien la inmovilidad para el Partido Conservador, a nosotros no nos sirve. Desde entonces la obra no termina sino al completarse después, al volverse una acción. El cambio no solo es inherente a la vida sino que al trabajo creador y a los intereses de la mayoría. Nada de convertirse en gran artista. El riesgo sí, igualando la realidad total en que vivimos. Siempre al borde del abismo, imprudentes, lanzados. Así me gustaría y trato de ser”.

Se trata de un gran desafío nuestro el no encapsular, no redondear ni definir todo, solo asirnos de lo justo, las potencias de algunas acciones que han tenido un sentido tan profundo como enseñanza para nosotras. Se trata entonces, por un lado, de sentirse implicadas, poder visitar esas obras con un coeficiente de criticidad, pero también de ver algo de su potencia reverberando en nuestras acciones actuales. Se trata de correr riegos, como dice Luz en varios textos y anotaciones, mirar la historia de frente y proponer otros caminos posibles. Ella nos invita a pensar desde y con algunas imágenes, cómo estas van retratando nuestro presente, poder sentir esas imágenes y toda su potencia emancipadora, reveladora de relaciones con lo por-venir.

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