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Una poética de la pérdida: Patricio Marchant

Rara avis en el panorama intelectual chileno, el filósofo Patricio Marchant publicó poco, pero ese poco le bastó para desacomodar el andamiaje de la práctica filosófica, tal como se cultivaba en la institución universitaria. Lector a contrapelo, traductor y ávido consumidor de la filosofía de vanguardia escrita en francés, emprendió un trabajo teórico deudor de esa tradición y a la vez original por la búsqueda de una palabra situada en las particularidades históricas de Latinoamérica.

Por Luis Felipe Alarcón

Hay ciertamente en Patricio Marchant (1939-1990) frases difíciles de olvidar. “Un día, de golpe, tantos de nosotros perdimos la palabra, perdimos totalmente la palabra”, por ejemplo. ¿Cómo se piensa, cómo se escribe a partir de una pérdida así? Los textos de Marchant no dejan de plantear este problema, radicalizándolo hasta el punto de invertir la pregunta: ¿a partir de qué otra cosa se puede pensar, escribir, incluso vivir? Gesto fuerte, desmesurado tal vez, como casi todo en él.

Nacido en 1939, perteneció a la generación que en los 60 y 70 se propuso renovar la filosofía en Chile a través de diversas iniciativas, como el Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile, al que se integró poco después de una estadía, ciertamente decisiva, en la Universidad de Montreal (1961-1963). En ese Departamento fue colega de Roberto Torretti, Carla Cordua y Mario Góngora, entre otros. Poco sabemos, en todo caso, de ese tiempo y de su labor como profesor. Según cuenta Diamela Eltit, a su curso sobre Vico asistían cuatro personas, incluida ella. Sus ideas sobre la enseñanza universitaria han quedado, de todos modos, plasmadas en textos como “Situación de la filosofía y situación de la filosofía en Chile”, de 1972, o “Sobre la necesidad de fundar un Departamento de Filosofía en (la Universidad de) Chile”, de 1985. Entre 1964 y 1966 publicó algunos textos de tema más bien clásico (“El estudio de la metafísica y la unidad de su historia”, “Esencia y existencia en la ontología de Nicolás Hartmann”).

Muere el filósofo Jacques Derrida | Cultura | EL PAÍSEn 1970 el tono cambia, probablemente a causa de una estadía de dos años en París. Es luego de eso que traduce Ousia et Grammé de Jacques Derrida, texto que en un gesto lleno de audacia titula Tiempo y presencia. La introducción que escribió para la ocasión instala una manera de leer a Derrida, al tiempo que permite comprender mejor el proyecto de Marchant: la cuestión es allí el “diálogo”, que para Marchant es propiamente un concepto, entre Heidegger y Derrida. Se trata, por lo demás, del primer libro del autor francés publicado en Chile, antes incluso de su aparición en el volumen Márgenes (1972). En 1973 calla y solo vuelve a escribir en 1979. Su único libro, Sobre árboles y madres, es de 1984. Situarlo entonces no es tan simple y esto, sobre todo, porque el cambio de tono es algo más que solo un cambio de tono. Hay, de todos modos, algo constante: su crítica a la manera en que se hace filosofía en Chile o, dicho con mayor precisión, su crítica a la institución filosófica.

Así, en 1970, escribe: “muy claramente ‘trabajamos’ sobre filosofías que recibimos con bastantes años de retardo, sin un conocimiento adecuado de sus raíces, productos extraños que los libreros se dignan dejarnos caer: hemos sido y somos la conciencia teórica de libreros e importadores de libros”.

Lo que Marchant detecta entonces es una especie de retraso cultural, un problema de actualización de los saberes pero más profundamente un problema de lecturas.

Si, como afirma en 1985, “no existe actualmente filosofía en Chile y no exclusivamente a causa del golpe militar y su represión, no existe desde casi ya cien años”, es porque no se lee o se lee mal, lo que puede ser peor, a Heidegger, a Husserl, a Freud, a Marx. Se desconocen, por lo demás, las ideas de Derrida, Levinas, Rosenzweig, Torok o Abraham. Efectos, dirá Marchant, de la dependencia cultural. Si en una primera etapa Marchant denuncia una falta, en el sentido de escasez (de pensamiento) pero también de deficiencia (de las lecturas), en la segunda el proyecto es el de una poética de la pérdida. Entre medio, no hay que olvidarlo, hubo un silencio, una pérdida de la palabra. Lo que la filosofía chilena se perdió es, paradójicamente, esa pérdida. Habría filosofía, repite en varios textos Marchant, si se pensara lo simple, es decir, la pérdida. Es a partir de esa constatación, que Marchant no solo tematizó sino que vivió, que su pensamiento se vuelve más interesante.

Es a partir de allí que se vuelca a la poesía (Sobre árboles y madres es, ante todo, un libro sobre Gabriela Mistral) y aparecen una serie de nociones fundamentales: poema, poeta, escena, nombre. Lo que Marchant quiere decir con esos términos depende en gran medida de sus lecturas de la serie de autores que, si lo seguimos, se leían mal o derechamente se desconocían: Heidegger, Hermann, Abraham, Artaud, Torok, Derrida. Lecturas que no siempre se diferencian bien del parafraseo, pero que en su despliegue dejan asomar una originalidad a ratos aplastante. Así, por poemas Marchant no entiende lo que comúnmente llamamos “poemas literarios” sino un “conjuntos de símbolos”. Se trata de “palabras, símbolos que uniéndose a otras palabras, a otros símbolos crean -lo individual entretejiéndose con lo general- poemas”.

Ahora bien, esos símbolos surgen de un “conflicto originario, un trauma primero” que es, precisamente, la escena de pérdida, desaparición o muerte de la madre. Lo que el poema hace a través del poeta es nombrar, pero no a la manera de un bautizo, de la imposición de una verdad que es la manera del padre, sino “como asociaciones, esto es, nombres sin verdadero bautizo, prestados nombres”. ¿Pero cómo llega Marchant a la pérdida de la madre, cuestión que hasta cierto punto estructura su pensamiento? El camino es difícil, pero puede resumirse así: las luchas de la horda primitiva, que en la tradición llevan al asesinato del Padre, implican también (y tal vez sobre todo) la muerte de la Madre. Orfandad radical, pues la muerte, madre primitiva, implica que la madre no es nunca la Madre. Siguiendo a Imre Hermann y Nicolás Abraham, Marchant hace hincapié en huellas mnémicas que habría dejado esa muerte, anteriores entonces a las dejadas por el asesinato del padre. Lectura a contrapelo de Freud cuyas consecuencias se expanden hasta la teoría del apego.

Una importante consecuencia de esta teoría es que si, como cree Freud, el asesinato del padre estaría ligado a la civilización y la institución, la de la madre estaría ligada al estrato simbólico que da pie al poema.

El lenguaje poético, en este sentido, sería no solo distinto sino más fundamental que el jurídico.

Esto puede no ser realmente novedoso, en la medida que es una reconstrucción de las teorías que Marchant aprecia y lee. Ahora bien, lo que sí es novedoso es que, en última instancia, es esa la razón por la que desde Latinoamérica puede pensarse mejor la pérdida, pues en estas latitudes: “la violencia económica, la violación de la madre, el hecho de saberse y sentirse ‘hijo de la violación’, todas esas formas de la Madre Muerta arcaica. Distinción, oposición a la cultura europea, heredera, ésta, de la muerte del Padre —al menos es lo que ésta quiere creer”.

Pero no hay que olvidar esto: el Padre, Hermann lo muestra, es una derivación, una nueva forma de la Madre primitiva, figura del Padre que aparece debido a la infidelidad esencial de la Madre.

Eso la poesía, la verdadera, lo entiende. Eso al menos cree Marchant. Su estudio entonces aparece, no como algo que viene a colmar la falta (de lecturas, de saberes, de metodologías), sino como lo que piensa la falta en su sentido más radical, es decir como pérdida originaria. Eso impone una cierta disciplina, que no es ya la de la academia en sentido tradicional. Marchant hace entrar el cuerpo, el síntoma, los gestos, el temblor. Todos los testimonios de los que tenemos noticia destacan eso. Andrés Ajens, relatando una conferencia en París, escribe: “Acaba de comenzar la conferencia. Entonces veo, entreveo, a una especie de desbocado gesticulante, saltando por momentos, estremeciéndose su cuerpo entero, al fondo, en la tarima de la sala, y hablando en un francés no menos rítmico que terremoteante”. Nelly Richard, por su parte, habla del “temblor emotivo, el pánico corporal, la gestualización de la falla, que acompañaban generalmente sus lecturas públicas”, y agrega:

Mientras leía, Marchant rodeaba su texto de señales temblorosas, y por temblorosas, obscenas, porque femeninas, siendo que todo el ritual de la autoridad académica le exige a su sujeto sostener un discurso firme y seguro (viril) acerca de la verdad primera y última del sentido.

Gesto y pensamiento, discurso y una cierta teatralidad no son entonces separables.

Puede que esto explique la dificultad que impone leer a Marchant. A ratos puede hacerse complicado saber qué quiere decir, a dónde va su discurrir. Y es que eso no es lo importante, la escritura de Marchant no está guiada por los imperativos de claridad en la exposición que rigen hoy la producción académica. Simboliza, en este sentido, una época en la que las fronteras entre espacio académico y espacio extra-académico eran más porosas y por lo mismo las relaciones más complicadas. Sobre árboles y madres combina de una extraña manera erudición vanguardista y la documentación del proceso mismo de escritura. Eso termina por borrar la distinción entre público y privado, formal e informal, adecuado y excesivo. Es tal vez eso lo que fascina. Marchant lo sabía, quizás lo buscaba. En “Amor de la foto”, de 1982, escribe: “Un texto se junta con otro texto (un lector) como un hombre se junta con una mujer. Nadie puede predecir con certeza lo que ocurrirá. Alguien entenderá, alguien no entenderá. Se entenderá esto, se pasará por alto esto otro. Un texto es efectivo si genera movimientos: cólera, risa, satisfacción, rechazo. No hay verdad, Matías; en el mejor de los casos, temblores”.

A veces enigmático, otras sobreexpuesto, no pocas veces al borde de la locura, Marchant sigue siendo para muchas y muchos la puerta de entrada a otra forma de escribir, de pensar, también (y quizás sobre todo) de leer.

Es posible que sus tesis parezcan hoy menos novedosas, que lo que toma de la filosofía de vanguardia de esa época se haga más evidente hoy que contamos con ediciones castellanas de sus obras. Nada de eso borra un gesto que, si bien no le pertenece, lo hace singular. Ninguna falta de rigor, que las hay, borra la necesidad de su escritura.

“Adorada falta de tiempo que me impidió retomar un trabajo sobre los nombres en Levinas; alegría, en una palabra, de afirmar esta necesidad: mi necesaria irresponsabilidad…”, escribió. Marchant amó su destino y esa irresponsabilidad es la que, tal vez de manera paradójica, le promete un porvenir.

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