Ciencias sociales en los años 90: notas de memoria

Las ciencias sociales, tal como se desarrollaron bajo la dictadura, muestran los contrastes y las continuidades entre las décadas de los 80 y los 90, cuando la intelectualidad crítica llega al gobierno, reformula paradigmas y guía la transición política con una mezcla de saberes técnicos orientados al Estado e interpretaciones que intentan tomar el pulso de los procesos de modernización de la sociedad chilena. 

Por José Joaquín Brunner

 A Ángel Claudio Flisfisch, con quien recorrimos este camino.

¿Cómo hacer memoria de un tiempo del cual yo mismo hice parte, habité propiamente, pero además fue objeto de mi trabajo académico, práctica profesional y del camino intelectual, político y cultural recorrido por quien escribe y su generación? Las notas que siguen son un ensayo de esa memoria. Primero, memoria de la base institucional, la infraestructura comunicativa y los artefactos cognitivos ocupados durante el período de la dictadura y la transición democrática. Segundo, memoria de las ideas, los debates y del ejercicio ideológico y político envuelto en aquellas actividades.

Plataforma institucional

Mucho antes que la idea de una “sociología pública” se volviera moneda de circulación común, esta se había instalado ya en Chile.

Es verdad, ocurrió en el peor escenario posible: en tiempos de “universidad vigilada” y de una esfera comunicacional reducida a medios controlados oficialmente o sujetos a una imperiosa autocensura.

Hablamos efectivamente de una dictadura que durante su primer tiempo persiguió, encarceló y asesinó a intelectuales y académicos o los expulsó hacia los márgenes de una sociedad civil asfixiada. ¿Cómo pudo existir sociología pública en tales circunstancias? ¿O bien, ciencia social independiente, saberes proscritos de la academia oficial, que se asumían críticos, disidentes, a la vez que necesarios para preservar las capacidades reflexivas de la sociedad?

Primero, creando y manteniendo y ampliando redes de producción de conocimiento cuya inicial debilidad, relativa informalidad y precariedad de medios, precisamente, les permitió existir en los resquicios de la dictadura, reestableciendo un espacio de infracomunicación y un flujo continuo de información, análisis e interpretaciones. Con el tiempo estos organismos recibieron el nombre de centros académicos independientes, desplegándose entre las disciplinas de las ciencias sociales, reclamando para sí la tradición de la libre indagación y constituyéndose en un foco alternativo de pensamiento.

Segundo, estos centros comenzarían a crear sus propios públicos; ante todo, tendiendo puentes de comunicación entre unos y otros, a través de diálogos, talleres, seminarios y lo que hoy suele denominarse conversatorios. Esta comunicación multilateral permitía mantener vivo un cierto sentido de comunidades disciplinarias, cultivadoras de determinadas especialidades como regímenes autoritarios, movimientos sociales, educación, etc.

Pero, tan importantes como esos públicos reflexivos, eran  aquellos otros compuestos por varios anillos sucesivos de lectoría de los textos producidos, como militantes y compañeros de ruta de los partidos que operaban semi clandestinamente y cuyos debates partisanos se alimentaban, entre otros, con el discurso académico;

colegas y estudiantes universitarios que, a lo largo del país, a través de ese discurso entraban en contacto directo con unas prácticas académicas que en su entorno directo se hallaban proscritas; y una incipiente estructura de comunicación sociocultural alternativa, conformada por folletos y folletines, revistas, documentos y panfletos que circulaban mimeografiados de mano en mano, incluso libros y hasta colecciones de libros que —desde el año 1975— fueron apareciendo y ampliando y diversificando el tráfico comunicacional de ideas y relatos.

Además, hubo una serie de otros públicos contactados e interpelados por esa delgada capa de intelectualidad que fueron formándose en torno a la ciencia social crítica de la época: círculos eclesiásticos y de parroquias; públicos ligados a organismos comunitarios y de la sociedad civil; el mundo de las artes cuyo propio espacio era uno de producción y circulación de signos; agrupaciones de profesionales activos en los márgenes del Estado cívico-militar de la dictadura, abogados, médicos, ingenieros, periodistas, trabajadoras sociales, profesoras de enseñanza básica y media.

Un tercer frente de emergencia de la sociología pública y la ciencia social crítica fue su irradiación internacional, de importancia estratégica para la reproducción del sistema intelectual creado durante la segunda mitad de los años 70 y a lo largo de la siguiente década.

No se trata solo del hecho de que la casi totalidad de los recursos que sirvieron para financiar ese sistema —su infraestructura material, gastos de operación, tareas de investigación, actividades de comunicación y relaciones con el entorno nacional, regional latinoamericano y con la academia y fuentes filantrópicas del norte desarrollado— provenían de fuera del país. Más importante es que una parte de la propia vitalidad de dicho sistema se forjó mediante lazos con el exilio intelectual chileno, con académicos de diferentes países y con las redes transnacionales democráticas, integradas por intelectuales y artistas, fundaciones y organismos filantrópicos, partidos políticos y think tanks en el exterior.

Dicho en breve, entonces, bajo la dictadura la academia chilena disidente fue internacional por necesidad de subsistencia pero también por compromiso vital con los derechos humanos y con una visión cosmopolita del mundo.

Por su relacionamiento con la academia del norte anglosajón y europeo occidental, y por los lazos de intensa afinidad construidos con centros académicos independientes de países que compartieron una misma experiencia dictatorial autoritaria, como Argentina, Brasil y Uruguay, y con la academia universitaria de los restantes países de la región. Digamos así: la ciencia social chilena de aquellos años, reducida a un espacio restringido y vigilado al interior del país, conseguía hacerse pública —en importante medida— a través de su internacionalización en los varios sentidos indicados.

Junto con dar origen a la plataforma institucional que acabamos de visitar, la sociología pública y las ciencias sociales críticas jugaron un rol importante en tres fenómenos que marcaron medio siglo de la historia político cultural del país: (i) el procesamiento intelectual de las transformaciones que experimentó la sociedad chilena durante el período de la dictadura, entre 1973 y 1990 y su acompañamiento reflexivo con posterioridad; (ii) la renovación del pensamiento de una parte de las izquierdas, la denominada “renovación socialista”, durante los años 80 y 90, y (iii) el desarrollo de un ciclo de políticas públicas impulsado por los gobiernos de la transición y la consolidación de la democracia entre 1990 y 2010.

Análisis de la transformación

El primer movimiento, hacia la comprensión de los cambios de la sociedad chilena bajo la dictadura y sus proyecciones posteriores, incluyó un conjunto de revisiones histórico-políticas sobre el desarrollo del “Estado de compromiso” chileno hasta la Unidad Popular; una relectura crítica de la experiencia “revolucionaria” del gobierno del presidente Allende; un descenso al infierno para desentrañar el significado del golpe militar y la fase de mayor violencia de la reacción cívico-militar (¿fascismo o autoritarismo?) y un intenso debate sobre el carácter de la revolución capitalista neoliberal o de mercados introducida “desde arriba” por el gobierno militar, especialmente a partir de 1980.

Sin duda, fue el último aspecto el que concentró la mayor preocupación de la sociología pública de aquella época;

si acaso cabía reconocer en Chile el surgimiento de un nuevo orden que, más allá de la represión, las ideologías reaccionarias y el control de la sociedad civil, implicase la aparición, también, de nuevos tipos de legitimidad y conformismo,

basados en el funcionamiento de los mercados, el consumo, y la incipiente participación en la esfera simbólica de la modernidad (capitalista) global.

A su vez, los trabajos iniciados en esa dirección durante los años 80 darían paso, hacia finales de los años 90, a los debates sobre el carácter específico de la modernidad en Chile, sus contradicciones y malestares; filón que, por lo demás, acompaña hasta ahora a los relatos de interpretación sociológica de las transformaciones y crisis de la sociedad chilena durante el siglo XX y en las dos décadas iniciales del siglo XXI.

Renovación socialista

Un segundo movimiento, el de la denominada renovación socialista —cuyos momentos más interesantes (generativos) tuvieron lugar durante los años 80 y 90–significó, en lo básico, una respuesta en el plano intelectual a la revolución capitalista en curso en Chile y una toma de posición frente a los socialismos reales del modelo soviético.

Una de las matrices de esa narrativa de renovación socialista, sin duda, correspondió a la contribución revisionista y creativa que proporcionó la ciencia social de aquellos años, al recuperar para sí las vertientes liberal y comunitaria del pensamiento democrático —como ocurre, por ejemplo, con Ángel Flisfisch y Norbert Lechner, respectivamente— a la vez a que abría las puertas para corrientes críticas del marxismo académico y a una gradual apropiación de corrientes socialdemócratas contemporáneas.

En breve, la renovación socialista, producida previamente al desplome del comunismo internacional y de los socialismos reales, facilitó una convergencia histórica de fuerzas políticas —la Concertación de Partidos por la Democracia, integrada por sectores de izquierda, de centro (social cristianos y radicales) y liberal-democráticos— que terminaron por derrotar políticamente a la dictadura y pusieron en marcha un proyecto pacífico de transición democrática basada en la construcción de acuerdos y la generación de consensos y mayorías.

El lugar de la sociología pública y de la producción en ciencias sociales jugó un rol decisivo dentro de este proceso, al dar cuenta de las transformaciones de la sociedad chilena bajo la dictadura y propiciar un relato de modernización de la sociedad y la cultura que envolvió, también, la renovación del socialismo y la creación de nuevos actores de centro izquierda agrupados en la Concertación.

Perfilamiento del ciclo político concertacionista  

Ello nos lleva al tercer movimiento anunciado más arriba; esto es, el perfilamiento tecnoacadémico—dominio propio de los technopols estudiados por Alfredo Joignant y otros—del ciclo de políticas públicas de las dos primeras décadas de la Concertación y del diseño de una específica caja de herramientas (instrumentos de política) para su implementación, con base, digamos así, en una noción weberiana de ética de la responsabilidad compartida entre technopols y una visión criolla, avant la lettre, del new public management, a cuya caja de herramientas confluían, entremezclándose, instrumentos de marca socialdemócrata de “tercera vía”, de diseño de mercados—de origen neoliberal, si se quiere—y de buenas prácticas de la experiencia comparada internacional, tal como venía siendo procesada por la OECD. De hecho, la propia OECD anunciaba en 1995 que “ha emergido un nuevo paradigma de gestión pública, dirigido a favorecer una cultura orientada al desempeño en un sector público menos centralizado”.

Esta doctrina, tal como se elaboró en Chile, empujada por una intelectualidad de technopols provenientes de centros académicos independientes como Cieplan, Flacso y otros, incluía, efectivamente, un enfoque programático dirigido a los resultados en términos de eficiencia y efectividad, calidad del servicio, gestión descentralizada, focalización en poblaciones postergadas y vulnerables, alianzas estatal-privadas bajo un nuevo significado de lo público, entornos competitivos de provisión de bienes públicos, uso de mecanismos de tipo mercado y rendición de cuentas (accountability).

Los miembros de esta nueva capa de personal intelectual del Estado, representados paradigmáticamente por Edgardo Boeninger en Chile, fueron adicionalmente una pieza de articulación con los partidos de la Concertación y las elites de diversos campos de la sociedad civil.

La mayoría de ellos provenía precisamente de aquella plataforma de redes ideológico intelectuales que recorrimos brevemente en la primera parte de este artículo. Situados bajo el amplio principio rector de la modernización de la sociedad, encarnaban una nueva forma de entender la relación entre poder y conocimiento, entre las vocaciones por la política y la ciencia, entre el análisis estratégico y la ingeniería social.

Hay que destacar lo estrechamente imbricado que estaban los tres movimientos que venimos recordando: el procesamiento intelectual de las transformaciones que experimentó la sociedad chilena durante el período de la dictadura, entre 1973 y 1990 y con posterioridad; la renovación socialista dentro del pensamiento de las izquierdas, y el nuevo ciclo de gestión de las políticas públicas que acompañaron a los gobiernos de la transición y la consolidación de la democracia. No parece necesario reiterar aquí que, a su turno, el despliegue de aquellos tres movimientos generó una serie de tensiones y contradicciones en el campo político-intelectual chileno, dando lugar a intensos debates en que aparecían envueltas en la batalla ideológica las nociones de malestar en la modernidad, la vitalidad o crepúsculo finisecular de la sociología y las visiones críticamente contrapuestas sobre la renovación del pensamiento de las izquierdas.

Conclusión

De esta forma, mi memoria de las ciencias sociales de los años 90 asocia entre sí, estrechamente, la plataforma institucional de esas disciplinas nacidas de la intervención de las universidades bajo la dictadura y tres fenómenos culturales –ideológico, político y académico—que se erigen sobre esa plataforma. El análisis de las transformaciones de la sociedad chilena bajo el dominio de la dictadura en torno al eje de la modernización capitalista neoliberal impulsada por aquella; su impacto y reflejo revisionista en el pensamiento de las izquierdas tal como fue procesado por la renovación socialista; y, tercero, la reelaboración de ambos momentos anteriores en un ciclo de políticas públicas formuladas, diseñadas e implementadas por la Concertación de Partidos por la Democracia, bloque de poder que conduce la transición y consolidación de la democracia a partir de 1990.

La hipótesis que subyace a este planteamiento, que el lector—mon semblable, mon frère—hace rato sospecha, es que el anudamiento entre los anteriores fenómenos lo proporciona aquí la sociología pública o ciencia social con sus prácticas de análisis y proposición, sus narrativas, su construcción de sentidos, elaboraciones conceptuales e ideológicas y diseño de políticas que —en este caso— sus protagonistas realizaron en la doble condición de especialistas en desciframiento de la sociedad y de technopols asociados a la construcción y reconstrucción de lo social desde el Estado y la esfera tecno-política. El círculo se cierra ahora en la memoria anotada.

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