Category Archive: Artículos

  1. Conversatorios Nicanor Parra 105 años

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    El Centro para las Humanidades junto con la Biblioteca Nicanor Parra y la Escuela de Literatura Creativa UDP, organizaron la actividad Nicanor Parra 105 años, un encuentro de lectura, conversación y proyección de documentales en homenaje a los 105 años desde el nacimiento del anti-poeta.

    Conversación con poetas y lectura:
    Victoria Ramírez, Juan Santander y David Villagrán. Modera: Kurt Folch

    Análisis del Documental “Cachureo”
    Guillermo Cahn, director

    Análisis del Documental “Nicanor Parra en París. Les Belles Étrangères, abril 1992”
    Philippe Jobet y Luis Pradenas

  2. Morrissey, gruñón y discrepante

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    Ayer el cantante Morrissey, Mozzer para sus amigos, cumplió 60 años. El crítico Terry Eagleton cree que su libro Autobiografía es tan buena que merece un premio Booker. Aquí da sus razones.

    No contento con ser elegido como la figura masculina más importante originaria del norte de Inglaterra, el segundo mayor ícono británico vivo (perdió ante David Attenborough) y el destinatario de las llaves de la ciudad de Tel Aviv, Morrissey ahora quiere demostrar que puede escribir el tipo de bruñida prosa a la que ningún otro cantante del planeta podría aspirar. Hay, sin duda, algunos parches dolorosamente floridos en esta magnífica autobiografía (“El señor Coleman, el director, irrumpe refunfuñando en medio de un disparatado marasmo de rencor”), pero sería difícil imaginar a Ronnie Wood o Eric Clapton retratando a la “duquesa de Nada”, Sarah Ferguson, como “un bultillo naranja que sobresale de un vestido esponjoso, el azote de los niños bien, bendecida con dos hijas que heredaron la rechonchez perruna de la reina Victoria”.

    Morrissey desprecia a la mayor parte de las personas que conoce, a menudo con excelentes razones. Es ofensivo, retraído y desdeñoso, una extraña mezcla de timidez y hostilidad. La foto soñadora y palpitante en la portada del libro en inglés, con la nariz cautelosamente inclinada sobre los labios como un arco de Cupido, oculta el malvado bastardo que es. Encuentra una imagen de sí mismo (entre todas las personas) en el poeta menor de la época georgiana A. E. Housman, quien prefería el arte a la humanidad y cuya vida ascética, espiritualmente torturada, parece tener eco en la de Morrissey. Admira a los tipos descarriados y de mal genio, como él mismo, y se deleita sádicamente con los entrevistadores incómodos. “¿Por qué mencionabas Battersea en aquella canción?”, le pregunta un periodista. “Porque rimaba con fatty(gordinflón)”, responde.

    La foto soñadora y palpitante en la portada del libro en inglés, con la nariz cautelosamente inclinada sobre los labios como un arco de Cupido, oculta el malvado bastardo que es.

    Llevado por su padre a la edad de ocho años para ver al futbolista George Best jugar en Old Trafford, se desmaya al presenciar semejante maestría combinada con rebeldía. Años más tarde, otros se desmayarán ante su propia mezcla de ambas.

    Algo de su mal genio brota de una infancia dañada. Nacido en una familia irlandesa de clase obrera en Manchester, Steven Patrick Morrissey cantó su salida de lo que le pareció un ambiente sin alma, como otros irlandeses de clase obrera de Manchester escribieron o actuaron la suya. La hostilidad comenzó a fluir temprano: el sombrío mausoleo de una escuela primaria católica era regida por la madre Peter, “una monja barbuda que zurra a los niños desde que sale el sol  hasta que se pone”, de manera que a la edad de 17 años ya estaba emocionalmente agotado. Manchester, aún en sus días previos a ser interesante, era “un lugar de barbarie donde solo los salvajes descerebrados pueden sobrevivir… No hay directrices sexuales, así que solo me veo desnudo previa cita”. Su elocuente desprecio por sus conciudadanos es aterrador: “ratas de cloaca inhumanas sin ojos, locos vociferantes de indescifrable perorata, los locos rabiosos radicados en el sobaco de Manchester”. La indignidad final es ser rechazado para un trabajo como cartero en la oficina de clasificación local. A la hora del nacimiento de los Smiths, lo que le dio la salida de Manchester que ansiaba, se sintió morir de aburrimiento, soledad y disgusto. “Me daba ánimos a mí mismo día tras día”, escribe, “como quien cuida a un amigo moribundo”.

    Él disfruta de su celebridad, pero la ironía sardónica del libro busca persuadirnos de lo contrario. Hay un gozo y energía en su prosa que socava su misantropía.

    No mucho después, hordas de jóvenes de todo el mundo llevan su cara en el pecho. Él regresa a las calles donde creció, ahora con una escolta policial, para cantar a 17.000 fanáticos desde un escenario que mira hacia una odiosa oficina de Inland Revenue donde una vez trabajó. Habiendo fracasado para encontrar el amor de parte de un hombre o de una mujer, ahora puede encontrarlo de parte de miles. Mick Jagger y Elton John están ansiosos por estrecharle la mano. Él disfruta de su celebridad, pero la ironía sardónica del libro busca persuadirnos de lo contrario. Hay un gozo y energía en su prosa que socava su misantropía. Su condición lírica sugiere que debajo del duro escarnecedor acecha un sutil  romántico, aunque debajo de eso de nuevo hay un duro escarnecedor. De manera poco creíble, dice sentir “escalofríos” por las señales de tráfico que indican “Concierto de Morrissey, próxima salida”. Es cierto, sin embargo, que después de haber pasado años deseando ser visto, ahora pasa años deseando ser invisible. Vivir en Hollywood no es el mejor lugar para eso. Él se ocupa de su propio egocentrismo siendo irónicamente divertido al respecto: su nacimiento casi mata a su madre, comenta, porque incluso entonces su cabeza era demasiado grande.

    Aun así, él permanece por lo general fríamente desilusionado, como un monje que pasa por un burdel. Su desprecio por la industria musical es visceral, y él prefiere gastar su tiempo leyendo a Auden y a James Baldwin (al reconocer a Baldwin en un hotel de Barcelona, ​​decide no acercársele, ya que incluso el rechazo más leve aparentemente significaría que él tendría que irse y ahorcarse). La solución a todos los problemas, nos dice, “es la bondad de la privacidad en una habitación acogedora y unos libros”. David Bowie le dice que ha tenido tanto sexo y drogas que se sorprende de que aún siga vivo, a lo que Morrissey responde que él ha tenido tan poco de ambos que siente lo mismo. Tom Hanks llega detrás del escenario para saludar, pero Morrissey no sabe quién es. La prensa dice que es un racista, que le abrió la puerta a un periodista vestido con un tutú, que anduvo cerca de los baños públicos cuando era joven y que aprobaría el asesinato de Margaret Thatcher. The Guardian publica un desaprobador artículo sobre él adornado con una foto de otra persona. Cuando descubre que un disco de los Smiths lanzado en Japón incluye una canción de Sandie Shaw, suplica a las personas que lo rodean que lo maten. “Muchos se adelantan a cumplir mi petición”, añade.

    David Bowie le dice que ha tenido tanto sexo y drogas que se sorprende de que aún siga vivo, a lo que Morrissey responde que él ha tenido tan poco de ambos que siente lo mismo.

    “Aunque de cara al exterior soy un ser pasablemente humano”, comenta de sí mismo, “mi alma turbulenta parece alzar la voz por la gente más desmañada del planeta”, entre las cuales él clasifica con las mayores destrezas. Es uno de los grandes gruñones y discrepantes de nuestro tiempo. Incluso tiene buenas palabras para los mafiosos hermanos Kray.

    Sorprendentemente, él es cuidadoso al tratar su pasión por los derechos de los animales, pero no observa tal moderación cuando se refiere a George Bush (“el terrorista activo más famoso del mundo”) y a Tony Blair, a cuyos pies deja las muertes ocurridas en los ataques a Londres en 2005. Al menos la vengativa industria musical le ha enseñado a odiar, aunque uno sospecha que no necesitaba muchas lecciones. El empresario musical Tony Wilson “se las arregló para garantizarse un largo y lento declive, que algunos confundieron con una carrera en curso”. Hay un cameo de la escritora Julie Burchill de un salvajismo tan sublime que uno espera que la página se encienda. Los antiguos Smiths, que lo llevaron a la corte, son objeto de 50 páginas de veneno devastadoramente articulado.

    Sorprendentemente, él es cuidadoso al tratar su pasión por los derechos de los animales, pero no observa tal moderación cuando se refiere a George Bush (‘el terrorista activo más famoso del mundo’) y a Tony Blair, a cuyos pies deja las muertes ocurridas en los ataques a Londres en 2005.

    Aunque tiene cuidado de informarnos que maneja un Jaguar azul cielo, la fama no lo ha cambiado mucho. Sigue siendo el mismo miserable viejo Mozzer que siempre fue. La muerte de amigos lo lleva a preguntarse por la vida, si ella no “fuese bastante peso que cargar como para soportar el dolor que tanta pérdida nos clava en el corazón, mientras el cuerpo continúa girando hacia un espantoso cese”. No es el tipo de frase con que saldría Robbie Williams. Su interés en los muertos, le advierte su padre, supera su afecto por los vivos. Ve a un fantasma en la pradera de Saddleworth, cementerio de los asesinatos de los moros, y apenas evita ser secuestrado en México. Por donde quiera que ve, ve violencia: “Ciencia militar, caza de ballenas, armas nucleares, guerra armada, mataderos, guerra santa… los antidisturbios agrediendo a civiles inocentes”. Cuando un pajarillo muy pequeño, que no puede volar, llega a vivir a su jardín trasero, lo protege con cajas para alejar a los depredadores. Él tiene unas cuantas de esas cajas para sí mismo.

    Quizás ha llegado el momento para una nueva carrera. Si él pudiera conseguir tratamiento para su adicción a la aliteración y dejara de usar frases como “para ti y para mí”, este prodigiosamente talentoso “niño pequeño de 52 años”, como se describió a sí mismo hace unos años, podría llevarse el premio Booker.

    Traducción de Patricio Tapia. Este artículo apareció en The Guardian en 2013, cuando se publicó Autobiografía en Inglaterra.

    Autobiografía, Morrissey, Editorial Malpaso / Océano, 2016, 470 páginas, $21.700.

  3. Conferencia “Transiciones Justas/Diseño para las transiciones: políticas del diseño para un futuro post-carbon”

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    El Núcleo Milenio Energía y Sociedad junto con el Centro para las Humanidades y el Observatorio de Desigualdades UDP organizan la Conferencia “Transiciones Justas/Diseño para las transiciones: políticas del diseño para un futuro post-carbon”, presentada por Damian White, Dean of Liberal Arts, Professor of Social Theory & Environmental Studies, The Rhode Island School of Design.

    Damian White es un sociólogo y teórico político con intereses de enseñanza e investigación en la sociología del diseño, la arquitectura y la reutilización adaptativa; Sociología urbana y ambiental con particular interés en la ecología política urbana. sociología histórica y política; Teoría crítica, estudios urbanos y fotografía.

    White ha publicado cuatro libros hasta la fecha: Bookchin-A Critical Appraisal (Pluto Press, UK / University of Michigan Press USA, 2008), Tecnonaturas: entornos, tecnologías, espacios y lugares en el siglo XXI (Wilfred Laurier Press, 2009) , Autonomía, solidaridad, posibilidad: The Colin Ward Reader (AK Press, 2011). El medio ambiente, la naturaleza y la teoría social: enfoques híbridos (Palgrave Macmillian, 2015) – con Alan Rudy y Brian Gareau. Actualmente está trabajando en un libro llamado Climate Futures and the Just Transition. Forma parte del comité editorial de Design Philosophy Papers y ha sido editor invitado de Science as Culture e InTAR: Journal of Adaptive Reuse . Ha impartido conferencias sobre estos temas en América del Norte y del Sur, Europa y el Sudeste Asiático. Es el ganador del Premio Humanista Edna Schaffer (2008) y del Premio John R. Frazier a la excelencia en la enseñanza (2012).

    La actividad se realizará el jueves 13 de junio a las 16:00 horas, en la sala B-51 de la Biblioteca Nicanor Parra, ubicada en Vergara 324, Santiago. Asistencia Liberada. Conferencia en Ingles con traducción simultánea.

  4. Enrique Lihn en la cornisa

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    Claudia Donoso. Tu abuela parece ocupar un lugar privilegiado en tu memoria, incluso como destinataria de poemas.

    Enrique Lihn. Yo tengo una especie de complejo de Edipo con mi abuela. Era muy expresiva y a la vez muy lejana. Una persona muy puritana, también. O sea que la relación que teníamos no era una relación afectiva entre una mujer mayor y un niño, sino entre una dama y un caballero victorianos. Creo que la gente de fines del siglo XIX tendía a ver en los niños adultos en miniatura, y como yo era un huésped asiduo en su casa me confirió, a manera de título nobiliario, una madurez artificial.

    ¿Cómo te llamaba ella?

    Me interpelaba con el diminutivo de Enriquillo y siempre me estimuló como artista. A los diez años me había celebrado una ilustración de san Francisco, obra que realicé por encargo subliminal suyo. Su sentido común se fundaba  en proverbios ingleses, y cuando cumplí doce años pretendió que yo estudiara inglés, cosa que nunca he terminado de hacer.

    ¿Por qué te dio ese lugar destacado?

    Porque era una persona que distribuía su afecto por partes no equitativas, creo que hasta entre sus propios hijos. Una actitud no muy buena ni para los elegidos ni para los desplazados, y yo diría que su resolución de destacarme fue consecuencia de mi decisión de nacer en su casa. Mi familia se trasladaba una y otra vez de lugar. Había que empacar y desempacar para entrar y salir de las detestables pensiones de Agustinas o Catedral abajo, y entonces estaba convenido que durante esos lapsos me acogería. En su casa yo era recibido y despedido con regalos extraordinarios que siempre me arrepiento de no haber conservado. Por ejemplo, mi abuela me traspasó la victrola de mueble que su hijo mayor le había regalado y que por lo tanto era algo más que un objeto. O la máquina de escribir que había pertenecido a mi abuelo.

    Eso está en unos versos en La musiquilla de las pobres esferas: Abuela de escribir, máquina mía, / ya no corre sangre por mis venas”… Tu abuela fue tu primera musa.

    Varios poemas en distintas épocas aluden a ella directamente. Mi abuela tenía ensoñaciones  religiosas, algo como un delirio religioso controlado. Intuía que esa exacerbación podía ser su punto ciego del ojo, y siempre insistió en que yo no fuera a pensar que era una beata común y silvestre. Y no lo era. Ella tenía la impresión crítica de que la Iglesia católica debía renovarse para enfrentar el desafío del mundo moderno y pensaba que para eso la Iglesia necesitaba que apareciera un santo de carne y hueso; o, más exactamente, la resurrección de san Francisco de Asís con su concepción desjerarquizada del mundo. Había esperado cautelosamente que alguno de sus hijos fuera sacerdote y reencarnara al santo; luego fui yo el que tomó el relevo en sus expectativas. Cuando partí a Europa en 1965, puede que ella haya conectado, como siempre lo hizo, en realidad, la mística y la poesía. Mu- rió en 1966, después de renunciar con piadosa ironía a la tentación de haber aspirado a contar con un santo dentro de la familia.

    ¿Cuál fue su contribución a tus fijaciones estéticas y literarias?

    Mi abuela era muy música, había estudiado violín, y eso me permeó de alguna manera.  Y también me regaló unos libros de pintura que después destruí. Les saqué páginas para colgar las reproducciones que tenían, que eran las primeras reproducciones en colores de pinturas que se hacían a fines del siglo XIX o a principios del XX, en la Tate Gallery. Los prerrafaelistas, Rossetti, William Morris, Burne-Jones, eran tipos que yo conocí, gracias a eso, a los siete años. Unas pinturas tan mórbidas y tan extrañas.

    ¿Era lectora?

    Sí, era lectora. Claro que cuando yo la conocí leía nada más que novelas policiales.

    Por todo lo que dices, parece ser que fue ella quien  te conectó con el prerrafaelismo y la Belle Époque,  que están presentes no solo en tu poesía, sino también  en tus dibujos.

    Es que por una especie de anomalía cronológica se me agregó como propio ese pasado. En La Orquesta de Cristal, el diálogo con la Belle Époque es irónico, pero en “Beata Beatrix” y en otros poemas el diálogo es en serio y algo del prerrafaelismo propiamente tal se hace ahí presente como en una sesión de espiritismo. En realidad, la experiencia de lo imaginario, en el sentido de lo fantasmal, está asocia- do para mí con esas imágenes, de las cuales mi abuela fue una suerte de médium, así que sin proponérselo me hizo un amateur de las anacronías.

    Durante un buen  tiempo  los prerrafaelistas estuvieron desprestigiados,  porque  se les consideraba  “literarios”.

    Estuvieron muy desprestigiados, y entonces yo me sumé al desprestigio de estos señores. Por ejemplo, siempre que- dé con la sensación de que la pintura prerrafaelista tenía interés. En realidad es porque la había visto en la época de mi infancia, pero me hice el leso y me acoplé a toda esta tendencia contra la pintura literaria. Hacia 1967 se hizo una gran exposición del simbolismo que recorrió el mundo, y después de eso hubo un revival de estas cosas que siempre me han rondado y que me siguen gustando. Llegué a ver algunos originales de esa pintura prerrafaelista en Londres y me impresionaron mucho. Me he dado cuenta de que he hecho un recorrido buscando primeras impresiones de la infancia y eran impresiones culturales. Además, con el correr de mis propios años, esos trazos se han ido expandiendo y ramificando como zonas de un rompe- cabezas que se va armando  con el tiempo. Por todo lo con- versado, creo que la presencia de mi abuela no se limita al recuerdo de un personaje. Stendhal dijo: “El estilo es el hombre”.  Yo diría que es también la abuela del hombre.

    ¿Por qué era tan “inglesa” tu abuela?

    Es que ella fue la hija mayor de un caballero Délano, que hizo dinero en la época del auge del salitre y que educó a algunos de sus hijos, especialmente a mi abuela, en Europa. Entonces ella sabía idiomas, leía inglés perfectamente, era gringa. Por ejemplo, enfrentó los problemas económicos de la familia más de una vez, porque mi abuelo fue un empresario poco eficaz, más bien especulativo. Así, en un momento dado aceptó trabajar en la mina de El Teniente como administradora del staff house de los gringos, con los que se entendía bien porque los Délano eran medio norteamericanos y tenían pasta de pioneros.

    Como sea, parece haber sido una persona muy intensa.

    Era intensa, claro. Esa rama de mi familia es una combinación de cosas. Frederic es el segundo apellido, que siem- pre tengo la impresión de que es medio judío-norteamericano. Entonces en muchos de mis tíos había una cosa como de pioneros, una cosa extrema, de soluciones límite. Por ejemplo, a Jorge Délano, Coke, se le ocurrió hacer cine en Chile. Cine malo, bueno, no sé, yo creo que pésimo. Otro, Alfredo Délano, fue uno de los primeros fabricantes de sanitarios. Puede que haya introducido el bidet en Chile, pero su “violín de Ingres” eran las matemáticas puras. Hubo otro de estos hermanos de mi abuela que se asiló en un lugar remotísimo en el norte y construyó una casa con sus propias manos. Creo que era una casa que subía y bajaba con poleas. Ese fulano tocaba el serrucho y tocaba muy bien, porque todos eran músicos, músicos instintivos que no estudiaron música.

    El retrato que haces de tu abuela la pinta solitaria. ¿Qué pasaba con tu abuelo?

    Con mi abuelo vivían juntos según el viejo estilo, pero separados por “incompatibilidad de caracteres”. Es posible entonces que ella haya establecido conmigo un diálogo que le faltaba. Era una persona solitaria como a veces me pare- ce que somos la mayoría de las personas  de mi familia por el lado matriarcal. Vivía en un mundo cerrado que mantenía relaciones prácticas con la realidad, pero restringidas al máximo. Una de sus pocas relaciones sociales era el padre Prudencio Salvatierra, un cura del convento vecino. El mundo es chico, porque ese cura, que me prestó las Confesiones de san Agustín cuando mi abuela me llevó a verlo para aliviar mis crisis de adolescencia,  se indignó con la publicación de Versos de salón de Nicanor Parra y decretó en una afiebrada nota crítica que el libro era una basura contaminada.

    ¿Tu madre  se parece en algo a ella?

    En muchos sentidos, es su imagen calcada. Mi madre na- ció en medio de la crujidera económica, así que no tuvo las mismas ventajas que mi abuela. Es menos fantasiosa que mi abuela, tiene más sentido del humor y es más flexible. Menos cultivada, pero más sabia. Mi abuela le dejó como “atavismo” el ideal ascético que sobrevaloraba el sentido del deber y escamoteaba los derechos del lado flaco de la persona. Ella, mi madre, construyó, no sé cómo, una casa que mi padre tuvo la mala ocurrencia de vender. Años después repitió la hazaña, y la casa tiene algo de un barco que ella pilotea por mares desconocidos o de una isla que la gente no abandona nunca y a la que los hermanos y her- manas volvemos cuando hay problemas.  Yo viví allí por largos períodos, hasta hace diez años, y ella se hizo cargo de mi hija Andrea hasta que cumplió catorce años.

    ¿Y cómo era tu papá?

    A él no le iba bien, aunque lo habían educado para que le fuera bien, como sí ocurrió con sus hermanos. Cuando niño había pertenecido a un mundo que luego se le cerró, porque empezó a estudiar leyes, no se recibió y entró a trabajar como empleado público.

    Dices “bien” en el sentido  económico.

    Sí, y en lo demás que a veces se da por añadidura. Él era un pije que no estaba preparado para sobrevivir al desastre económico familiar protagonizado por mi abuelo Walter Lihn. Entonces pasó de una burguesía acomodada a la condición de pobre de cuello y corbata, porque era muy poco ambicioso. Pero lo que yo recuerdo  es que se negó a vivir ese cambio con amargura o resentimiento. Conservó su educación, el buen trato con los demás y el principio de la respetabilidad de la dignidad burguesa, en lugar de combinar con ellos, como la mayoría, la soberbia y la rapacidad. Era un poco iluso.

    Mientras tanto, a ti te iba pésimo en el colegio.

    Salía todo el tiempo mal en los exámenes y mi papá iba arreglando la pista. Hablaba con los profesores, me tomaba horas extras y, en vez de exigirme, me decía que no importaba que repitiera. Durante mucho tiempo consideré que eso había sido una debilidad y que en realidad me había perjudicado. Pero después he pensado que no, que había una especie de percepción de parte de él de que yo era un sujeto con particularidades  equis y que me las iba a arreglar.

    Bueno, a los trece años entraste al Bellas Artes.

    Claro, me extendieron un cheque en blanco. Mi papá se empeñaba en creer que si yo tenía suerte, y él algunos san- tos en la corte, mi vida no tendría por qué irse a la cresta. Por ejemplo, ya más grande, íbamos saliendo bastante en- tonados de una fiestoca con Jorge Edwards y el Queque Sanhueza, y entonces me puse un pañuelo en la mano y de un puñete rompí una vitrina que resultó estar al lado de una comisaría. Yo me declaré culpable y me dejaron adentro. Esto fue un viernes y pasé el sábado en la comisaría. Estaba bien jodido el panorama, porque los juzgados no funcionaban hasta el lunes. El sábado me llevaron a la Penitenciaría, que entonces como hoy era un lugar siniestro. Y mi papá se movió como pudo y logró sacarme en la mañana. A la salida, yo esperaba que se enojara. Pero me dijo “bueno, yo creo que esto te va a servir como experiencia para escribir”, porque yo ya escribía. Imagínate. Creo que debe haber sido una de las pocas veces que hablamos.  Estoy exagerando, pero él fue algo violento como padre joven y quizás no me tomé el trabajo de superar ese mal recuerdo.

    ¿Y él leía?

    Al final, en los últimos años de su vida, empezó a leer y a interesarse, yo creo que por contagio. Leía muy lentamente. El castillo de Kafka lo leyó durante muchos meses. También hizo un especie de giro político.  Yo creo que votó por Allende el año 64. Tuvo un vuelco, pero era una cosa muy sutil, no hablaba de eso.

    ¿Alcanzaste a manifestarle tu afecto?

    No. Cuando sabía que se iba a morir, lo que ocurrió el año 76, preferí ignorar esa posibilidad o no creer en ella. Cada familia es un nudo ciego. A mi papá lo descuidé totalmente. No lo entendí. Él era un hombre solitario, una isla dentro de la isla familiar. Comparado con él, yo me creía de una complejidad enorme. Pero ahora lo encuentro enigmático, mientras que yo soy meramente complicado. O sea, lo encuentro mucho más complejo que yo, porque no sé cómo cierta gente se adecua para vivir en condiciones totalmente adversas y cómo en esas circunstancias  puede conservar cierta calma. Él consiguió algo muy difícil: sentir verdadera humildad, vivir con desprendimiento. Y creo que eso es lo que más se acerca a lo que uno tendría que hacer. No hay nada más ridículo e injustificado que sentirse el hoyo del queque. La existencia desmiente esa presunción. El que no es humilde  es un imbécil, como lo somos la mayoría.

    Enrique Lihn en la cornisa, Claudia Donoso, Colección Vidas Ajenas, Ediciones UDP, 2019.

  5. Un gran desorden bajo el cielo

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    No es novedad que Slavoj Žižek prefiera concentrarse en el problema antes que en la solución. Lo radical es que en El coraje de la desesperanza, su último libro, defienda esta actitud como la única que podría salvarnos de la catástrofe: o la izquierda se deja de enarbolar “falsas alternativas” al capitalismo global o la humanidad completa pagará por su indolencia. La tesis se apoya en un ágil recorrido por la actualidad mundial, con el radar siempre atento a las secuelas ideológicas del narcisismo contemporáneo.

    El subtítulo del libro, “Crónicas del año en que actuamos peligrosamente”, se refiere a 2016. Fue el año en que los populismos de derecha golpearon la mesa y también el año en que Žižek, para indignación de muchos y admiración de pocos, postuló que un triunfo electoral de Trump auguraba un escenario “menos peor” que el de Clinton. Desde entonces la pregunta, pronunciada con cierto hartazgo, se ha vuelto recurrente: Bueno, ¿y qué propone Žižek?

    En este conjunto de ensayos, que amplía algunos ya publicados y presenta otros inéditos, Žižek termina de esclarecer su propuesta: “Asumir completamente la desesperanza”. Esto es, dejar atrás la “cobardía teórica” que sobrevino en la izquierda tras el fin de la historia, y que se expresa en el compulsivo hábito de vislumbrar “la proverbial luz al final del túnel”. Aun viendo, o no queriendo ver, que el único tren en marcha es el que viene en dirección contraria. Que los nichos académicos de “teoría radical” son tolerados por el poder porque sus ideas ladran pero no muerden. Que la falta de coraje reprochada a los políticos ha sido una excusa de muy baja ley para soslayar una carencia ante todo intelectual: nada ha creado la izquierda del siglo XXI que pueda presentar como alternativa al capitalismo globalizado.

    Lo que sí ha creado son esperanzas, promesas de “revolución sin revolución” que Žižek se apresta a desmontar con los oficios de una mente brillante y una prosa apenas distanciada de la exposición oral. Como de costumbre, los grandes eventos políticos son desentrañados con la ayuda de chistes idiosincrásicos, películas de ciencia ficción y ensayistas de todo el mundo a los que el autor cita in extenso, para luego proceder a rebatirlos. Hegeliano y lacaniano, es decir, maestro en el arte de ponerlo todo al revés, su estrategia aquí es invariable: zambullirnos en un torbellino de inversiones dialécticas (la “verdadera pregunta” siempre es otra), para demostrar que vivimos una época de “pseudoconflictos”, de falsos antagonismos que han despolitizado los verdaderos.

    Sería así como las disputas en torno al terrorismo, la inmigración o la sexualidad han conseguido desplazar hacia la agenda liberal “humanitaria”, o hacia un espurio “choque de civilizaciones”, los antagonismos derivados de una división de clases a escala planetaria, a la que hoy solo podría desafiar un proyecto que regenere el ideal igualitario y en una perspectiva también global. Se adivina ya el conflicto que esto plantea al interior de la izquierda: “Debemos enfrentarnos a las limitaciones de las políticas de identidad, privándolas de su estatus privilegiado”.

    Tras revisar sus posiciones, Žižek concluye que las luchas antirracistas y antisexistas –cuyo potencial emancipador no pone en duda− simplemente no están disponibles para congeniar intereses con los trabajadores precarizados del mundo. Constatar que la agenda trans copaba los medios progresistas en los meses previos a la victoria de Trump, le sugiere que la izquierda liberal se ha concentrado en “apartheids culturales y sexuales recién descubiertos tan solo para encubrir su completa inmersión en el capitalismo global”, a la manera del neurótico obsesivo que le habla sin pausa al psicoanalista para no dar espacio a la pregunta incómoda. Los teóricos del multiculturalismo, ejemplifica, “oficialmente promueven el mantra de sexo-raza-clase”, pero siempre se las arreglan para excluir la dimensión de clase. Así, para la izquierda ya no existen “trabajadores”, sino turcos en Alemania, argelinos en Francia, mexicanos en Estados Unidos. Se acabó, por fin, la explotación de clases: solo queda acabar con la “intolerancia a la Otredad”.

    Bajo este abandono del enfoque marxista subyace otro más profundo: la renuncia al universalismo, piedra angular del ideal igualitario −desde el Nuevo Testamento a la fecha− y que la izquierda ha preferido reconocer como patrimonio del capitalismo, bajo la ingenua divisa de combatirlo en claves comunitarias o “alternativas”. Algunos intentan disputarle a la derecha las pasiones nacionalistas (“una lucha ridícula, perdida de antemano”), llamando a anular los acuerdos comerciales cuando se trata de reformularlos. Otros oponen al individualismo las tradiciones de sociedades “armoniosas”, pero más jerárquicas que cualquiera del Primer Mundo. Seducida por estas fuerzas centrífugas, alega Žižek, la izquierda occidental ha logrado que sus discursos exhiban menos vocación universalista que los planes de Boko Haram.

    Todos los caminos de El coraje de la desesperanza conducen a la frustrada experiencia del gobierno griego de Syriza, que el autor demuestra conocer en detalle (cita a Varoufakis a título de “comunicación personal”). Allí se evidenció que las medidas de lo posible, en el mundo actual, están fuera del alcance de un gobierno democrático de izquierda: sus ideas no se pueden aplicar al interior de un país (o se fugarían los capitales), ni tienen cabida en los organismos económicos multilaterales, nebulosas entidades que hoy, según intenta probar Žižek, gobiernan el mundo tal como el Partido Comunista gobierna China: subyugando a las instituciones visibles del Estado para usarlas como fachada de sus propias decisiones.

    Pero el “falso radicalismo” de izquierda, una vez más, eligió la salida fácil: acusar a Syriza de “traición”. Frivolidad que el filósofo remite a un mal ya no de la izquierda, sino de la época: huir de todo problema objetivo por la vía de reducirlo a percepciones subjetivas. Sería la impronta narcisista del sujeto contemporáneo, intolerante al peligro de existir e inserto en comunidades electivas que no obligan, como las antiguas, “a encontrar mi camino en un mundo vital preexistente y no elegido en el que encuentro diferencias reales, con las que aprendo a lidiar”. Si se impone la lógica de los “espacios seguros”, previene Žižek, la izquierda está perdida, pues se trata de la misma lógica que inspira los guetos para millonarios que no quieren saber de gente extraña. Por eso no le sorprende que “los teóricos de la sociedad de riesgo” hayan encontrado discípulos entre los neonazis, que también han aprendido a explicar su violencia como el efecto de una enfermedad social.

    La paradoja es que, mientras más nos atrincheramos en la subjetividad y nos afanamos en reglamentarla, peor la conocemos. Žižek se burla del “kit de consentimiento” que ya se vende en Europa para dar el sí a las relaciones sexuales, pues reflejaría la negación a comprender dos cosas: que “el sexo nunca es solo sexo”, que necesita de un “marco fantasmático” para ocurrir, y que el “sí” a secas legitima de antemano una relación expuesta a toda suerte de abusos, de modo que el contrato requerirá de cláusulas cada vez más específicas. Por ejemplo: “Un ‘sí’ a las relaciones vaginales, pero no anales, un ‘sí’ a la felación pero no a tragarse el esperma, un ‘sí’ a unos leves azotes pero no a golpes violentos”.

    Los efectos políticos del narcisismo no se manifiestan para Žižek en el ciudadano pasivo, sino en la “pseudoactividad” del aparentemente politizado. Esto incluye todas las formas de “activismo irreflexivo” que promueven la “no-representación” o las utopías de autogestión en redes, e incluso “toda esa cháchara acerca de la participación popular activa”. Syriza debió capitular ante Bruselas al día siguiente de ganar un plebiscito, lo cual confirma que la gran pregunta sigue siendo qué hacer con el Estado, y no “mantenernos a una distancia de seguridad del Estado”.

    Es en todo este contexto de evasión que Trump sería el síntoma, pero Clinton la enfermedad: arrancar del peligro inmediato –Trump o sus sucedáneos− al precio de blindar un statu quo que nos aproxima a catástrofes ecológicas, sociales y geopolíticas. Para precipitar “el regreso de la historia”, Žižek se permite un discreto llamado a la acción: apoyar a movimientos como Nuestra Revolución, de Bernie Sanders, a quien espera ver competir con Trump en las elecciones de 2020. Pero advierte que reinventar el comunismo (la “solución de fondo”) requerirá, además de nuevas ideas, nuevas formas de radicalidad. Para ser claros: “Las políticas emancipadoras no deberían estar limitadas a priori por procedimientos de legitimación democráticos y formales. A menudo la gente no sabe lo que quiere, o no quiere lo que sabe, o simplemente quiere algo equivocado”.

    ¿Vanguardismo trasnochado? Realismo descarnado, respondería Žižek, que a falta de luz al final del túnel busca indicios de tormenta y recupera la esperanza repitiendo esta frase de Mao, citada más de una vez en el libro: “Reina un gran desorden bajo el cielo; la situación es excelente”.

    El coraje de la desesperanza, Slavoj Žižek, Anagrama, 2018, 403 páginas, $21.000.

  6. Conferencia de Danilo Martuccelli “Las fronteras de lo posible ¿Del reinado de la economía al predominio de la ecología?”

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    El Centro para las Humanidades UDP organizó la Conferencia “Las fronteras de lo posible ¿Del reinado de la economía al predominio de la ecología?”, presentada por Danilo Martuccelli, sociólogo peruano.

    En esta conferencia Martuccelli examinó el papel que la economía tiene, en las sociedades contemporáneas, en la instauración del imaginario de lo posible y de lo imposible. Adicionalmente, prestando atención a transformaciones en curso, que han ido debilitando el papel de la economía a la hora de definir los contornos de la realidad, Martuccelli vislumbra escenarios alternativos, como el marcado por la posible entronización de la ecología como nuevo principio rector de lo posible y de lo imposible.

    Ver Conferencia a continuación:

  7. Recordando a John Berger

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    A dos años de la muerte del gran crítico de arte, ensayista y novelista británico, quien fuera su amigo y de alguna forma su heredero –también es autor de libros inclasificables que mezclan experiencia, viaje y reflexiones culturales– destaca la humanidad de hombre que se empeñó por establecer relaciones de igualdad y que optó por resistir los embates de la historia con una exquisita mezcla de generosidad y pesimismo. “Cuando muera –recuerda Dyer que dijo Berger, al modo de una última utopía–, quiero ser enterrado en tierra de la que nadie sea dueño”, es decir, un espacio de todos.

    Hay una larga y distinguida tradición de aspirantes a escritores que se encuentran con el escritor que reverencian tan solo para descubrir que él o ella tiene pies de barro. A veces no acaba en los pies —pueden también ser las piernas, el pecho y la cabeza—, de modo que la desilusión contamina los sentimientos que se tienen sobre la obra, incluso sobre el oficio mismo. Considero una de las bendiciones de mi vida que el primer gran escritor que conocí —el escritor que admiraba por encima de todos los demás—, resultó ser un ser humano ejemplar. Nada de lo que ha sucedido en los treinta y tantos años desde entonces ha disminuido mi amor por los libros o por el hombre que los escribió.

    Era 1984. John Berger, que había alterado y ampliado radicalmente mis ideas sobre lo que podría ser un libro, estaba en Londres para la publicación de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos. Lo entrevisté para la revista Marxism Today. Él tenía 58 años, la edad que yo tengo ahora. La entrevista estuvo bien pero él pareció aliviado cuando todo terminó, porque, dijo, ahora podíamos ir a un bar y hablar de manera apropiada.

    Fue el punto culminante de mi vida. Mis contemporáneos tenían trabajos, carreras —algunos incluso tenían casas—, pero yo estaba en un bar con John Berger. Me instó a que le enviara las cosas que había escrito, no la entrevista, no le importaba eso, él quería leer mis propias cosas. Me escribió de vuelta de manera entusiasta. Él siempre fue alentador. Una relación no puede sostenerse sobre la base de la reverencia y pronto nos convertimos en amigos.

    El éxito y la aclamación de los que gozó como escritor le permitieron estar libre de las pequeñas vanidades para concentrarse en lo que siempre estuvo tan impaciente por lograr: relaciones de igualdad. Es por eso que fue un colaborador tan bien dispuesto —y tan buen amigo de tanta gente, en todos los caminos de la vida, en todo el mundo. No había límite a su generosidad, a su capacidad de dar. Esto hizo más que mantenerlo joven; se combinaba con una especie de pesimismo negativo que le permitía resistir los contratiempos  repartidos por la historia. En un ensayo sobre Leopardi afirmó “que no estamos viviendo en un mundo en el que es posible construir algo que va a acercar el cielo a la tierra, sino que, por el contrario, estamos viviendo en un mundo cuya naturaleza está mucho más próxima a la del infierno. ¿Cambiaría esto en algo nuestras opciones políticas o morales? Estaríamos obligados a aceptar las mismas obligaciones y a participar en una lucha que es la misma que aquella en la que ya estamos comprometidos; tal vez, incluso, nuestro sentido de solidaridad con los explotados y con los que sufren fuera más leal. Todo lo que cambiaría sería la enormidad de nuestras esperanzas y finalmente la amargura de nuestros desengaños”.

    Si bien su trabajo era influyente y admirado, su alcance —tanto en el tema como en la forma—, hace difícil la evaluación de forma adecuada. Modos de ver es el equivalente suyo al Concierto de Köln de Keith Jarrett: una hazaña de virtuosismo que a veces termina como un sustituto o una distracción del cuerpo de trabajo más amplio al cual sirve como una introducción. En 1969 él propuso Arte y revolución “como el mejor ejemplo que he logrado de lo que considero que es el método crítico”, pero es en las numerosas piezas cortas en las que estuvo en su mejor momento como escritor de arte (estas diversas piezas han sido reunidas por Tom Overton en Sobre los artistas para formar una historia cronológica del arte).

    Nadie ha igualado la capacidad de Berger para ayudarnos a mirar las pinturas o fotografías “más visualmente”, como lo expresó Rilke en una carta sobre Cézanne. Piénsese en el ensayo “Turner y la barbería”, en el que nos invita a considerar algunas de las pinturas tardías a la luz de las cosas que el niño vio en la barbería de su padre: “Agua, espuma, vapor, metales relucientes, espejos empañados, blancas palanganas o cuencos en las que el barbero agita con la brocha un líquido jabonoso en el que los detritos son depositados”.

    Berger llevaba una inmensa erudición a su escritura, pero, como con D.H. Lawrence, todo tenía que ser verificado apelando a sus sentidos. No necesitó de una educación universitaria —alguna vez habló mordazmente de un pensador que, cuando quería enterarse de algo, tomaba un libro de un estante—, pero hasta el final confiaba en su disciplina para dibujar adquirida en la escuela de arte. Si él miraba de manera suficientemente larga e intensa cualquier cosa, ella o bien le entregaría sus secretos o, si fallaba en eso, le permitiría articular por qué el misterio retenido constituía su esencia. Esto era cierto no solo para los escritos sobre arte, sino también para los estudios documentales (de un médico rural en Un hombre afortunado y del trabajo migrante en Un séptimo hombre), para las novelas, para la trilogía campesina De sus fatigas y para los numerosos libros que rechazan toda categorización. Cualquiera que sea su forma o tema, los libros están abarrotados de observaciones tan precisas y delicadas que se duplican como ideas, y viceversa. “El momento en que comienza una pieza de música proporciona una pista sobre la naturaleza de todo arte”, escribe en “El momento del cubismo”. En Aquí nos vemos se imagina “viajando solo entre Kalisz y Kielce hace ciento cincuenta años. Entre esos dos nombres habría siempre un tercero, el nombre de tu caballo”.

    La última vez que nos vimos fue pocos días antes de la Navidad de 2015, en Londres. Éramos cinco: mi esposa y yo, John (entonces de 89 años), la escritora Nella Bielski (hacia el final de sus setentas) y la pintora Yvonne Barlow (de 91 años), quien había sido su novia cuando aún eran adolescentes. Bromeando, pregunté: “Entonces, ¿cómo era John cuando tenía 17 años?”. “Era exactamente como es ahora”, respondió ella, como si fuera ayer. “Él siempre fue tan bondadoso”. Todo lo que le interesaba de su propia vida, escribió él alguna vez, eran las cosas que tenía en común con otras personas. Era un brillante escritor y pensador; pero era su bondad de toda la vida lo que ella destacaba.

    La película Walk Me Home, que co-escribió y en la que actuó, fue, en su opinión, “un desastre”, pero en ella Berger pronunciaba una línea en la que pienso constantemente, y cito de memoria ahora: “Cuando muera, quiero ser enterrado en tierra de la que nadie sea dueño”. Es decir, en tierra que nos pertenece a todos.

    Traducción de Patricio Tapia.

  8. Conferencia de Gilles Lipovetsky “El individualismo en la época hipermoderna”

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    El Centro para las Humanidades de la Universidad Diego Portales organizó la Conferencia “El individualismo en la época hipermoderna”, presentada por Gilles Lipovetsky, filósofo, sociólogo y, actualmente, académico de la Universidad de Grenoble.

    En su Conferencia, expresó que el individualismo entró en una nueva fase, el momento hipermoderno caracterizado, entre otras cosas, por el hedonismo consumista y el culto al cuerpo, el exhibicionismo en las plataformas digitales y la exaltación de la autonomía individual. Asimismo, rastreó esta metamorfosis, impulsado por esta pregunta: ¿Cuál es el impacto de esta segunda revolución individualista en el individuo, los estilos de vida, la empresa y la vida moral?

    Conferencia de Gilles Lipovetsky con audio original francés


    Conferencia de Gilles Lipovetsky con audio de interpretación al español

  9. Tema libre

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    Primero hay que vivir, decía Claudia, y era difícil no estar de acuerdo: antes de escribir había que vivir las historias, las aventuras.  A mí no me interesaba, por entonces, contar historias. A ella sí, es decir no, no todavía; quería vivir las historias que quizás años o décadas después, en un incierto y sosegado futuro, contaría. Claudia era cortazariana a más no poder, aunque su primera aproximación a Cortázar había sido, en realidad, un desengaño: al llegar al capítulo 7 de Rayuela reconoció,  con pavor, el texto que su novio solía recitarle como propio, por lo que terminó con él y comenzó, con Cortázar, un romance que tal vez aún perdura. Mi amiga no se llamaba, no se llama Claudia: protejo, por si acaso, su identidad, y la del novio, que entonces era ayudante de cátedra y seguro que ahora da clases sobre Cortázar  o sobre Lezama Lima o sobre intertextualidad en alguna universidad norteamericana.

    A esas alturas de 1993 o 1994, Claudia ya era, sin duda, la protagonista de una novela larga, bella y compleja, digna de Cortázar o de Kerouac o de cualquiera que se atreviera a seguir su vida rápida e intensa. La vida de los demás, la vida de nosotros, en cambio, cabía de sobra en una página (y a doble espacio). A los dieciocho años Claudia ya había ido y vuelto varias veces: de una ciudad a otra, de un país a otro, de un continente a otro, y también, sobre todo, del dolor a la alegría y de la alegría al dolor. Llenaba sus croqueras con lo que yo suponía que eran cuentos o esbozos de cuentos o quizás un diario. Pero la única vez que aceptó leerme unos fragmentos descubrí, con asombro, que escribía poemas. Ella no los llamaba poemas sino anotaciones. La única diferencia real entre esas anotaciones  y los textos que en ese tiempo yo escribía era el nivel de impostura: transcribíamos las mismas frases, describíamos  las mismas escenas, pero ella las olvidaba o al menos decía olvidarlas, mientras que yo las pasaba en limpio y perdía las horas ensayando títulos y estructuras.

    Deberías escribir cuentos o una novela, le dije a Claudia esa tarde de viento helado y cerveza fría. Has vivido mucho, agregué, torpemente. No, respondió, tajante: tú has vivido más, tú has vivido mucho más que yo, y enseguida empezó a relatar mi vida como si leyera, en mi mano, el pasado, el presente y el futuro. Exageraba, como todos los narradores (y como todos los poetas): cualquier anécdota de la niñez se volvía esencial, cada hecho significaba una pérdida o un progreso irreparables. Me reconocí a medias en el protagonista y en los decisivos personajes secundarios (ella misma era, en esa historia, un personaje secundario que poco a poco iba cobrando relevancia). De inmediato quise corresponder a esa novela improvisando la vida de Claudia: hablé de viajes, del difícil retorno a Chile, de la separación de sus padres, y hubiera seguido, pero de pronto Claudia me dijo cállate y fue al baño o dijo que iba al baño y tardó diez o veinte minutos en volver. Venía a paso lento, encubriendo, apenas, un miedo o una vergüenza que no le conocía. Perdona, me dijo, no sé si me gustaría que alguien escribiera mi vida. Me gustaría contarla yo misma o tal vez no contarla. Nos echamos en el pasto a intercambiar disculpas como si compitiéramos  en un con- curso de buenas maneras. Pero hablábamos, en realidad, un lenguaje privado que ninguno de los dos quería o podía traducir.

    Fue entonces cuando me contó lo del capítulo 7 de Rayuela. Yo conocía al ayudante y sabía que había sido novio de Claudia, por lo que la historia me pareció aun más cómica, pues me lo imaginaba convertido en el cíclope del que hablaba Cortázar (“… y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen…”). Aguanté la risa hasta que Claudia soltó una carcajada y me dijo que era mentira, pero los dos sabíamos que era verdad. A mí Cortázar no me gusta tanto, lancé de repente, a pito de nada, quizás para cambiar de tema. ¿Por qué? No sé, no me gusta tanto, repetí, y volvimos a reír, esta vez sin motivo, ya liberados de la agobiante seriedad.

    Sería fácil, ahora, rebatir o confirmar esos lugares comunes: si has vivido mucho escribes novelas, si has vivido poco escribes poemas. Pero no era ésa exactamente  nuestra discusión, que tampoco era una discusión, o al menos no de ésas en que uno pierde y el otro gana. Queríamos, tal vez, empatar, seguir hablando hasta que soltaran a los perros y tuviéramos que huir, borrachos, saltando la reja celeste. Pero aún no estábamos borrachos y al guardia le daba lo mismo si nos íbamos o seguíamos conversando toda la noche.

    Tema libre, Alejandro Zambra, Colección Vidas Ajenas, Ediciones UDP, 2018.

  10. [VIDEO] Conferencia de Anne Carson en la UDP

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    Anne Carson, destacada poeta, especialista en estudios clásicos y actual profesora de escritura creativa (NYU) visitó Chile gracias a una alianza entre la Cátedra abierta en homenaje a Roberto Bolaño, el Centro para las Humanidades UDP y FILBA Santiago 2018.

    Conferencia “Albertine, rutina de ejercicios”

    Lectura “Red Doc a dos voces” con Anne Carson y Verónica Zondek