Rupturas Culturales en Dictadura / Artículos

Los Prisioneros en sus palabras

Era insistente el calificativo de “resentidos” en cada cita de su banda con la prensa, pero Jorge González se mostraba entonces excepcionalmente hábil para evitar caer en la trampa, y a cambio instalar un nuevo arquetipo de cantautor pop.

Por Marisol García

El carácter en la música pop no alcanzan a darlo solamente las canciones. Saltar del oído a una marca de época es un esfuerzo de recursos creativos diversos, también en la retórica. Rápidamente comprendieron Los Prisioneros que distinguirse como banda en un medio en el que no contaban con contactos ni ventajas —ni edad, ni recursos, ni aspecto ni paciencia— requería de una estrategia que asumiera una vocería vehemente para el novedoso manifiesto musical y social que desde 1984 González, Narea y Tapia estaban dispuestos a enarbolar.

En las entrevistas al trío en su primera etapa, la disposición simultánea a la denuncia y el sarcasmo, y sobre todo a diferenciar su carácter del de movimientos y estilos más amplios, aparece como un destilado de los rasgos ya evidentes en su cancionero. No llegaba aún a los 20 años de edad, pero Jorge González no estaba por acoplarse a vientos de cambio; parecía, más bien, querer dirigirlos:

[El Canto Nuevo] es un movimiento demasiado cínico. Cuando la protesta se poetiza pierde fuerza. Las cosas hay que decirlas como son, y estar dispuesto a quedar mal con aquellos que se critican. Hay muchos de esos que cantaron un tiempo criticando todo, pero después se fueron a la televisión o a un festival, y se les olvidó (revista Solidaridad, 19/1-1/2/1985).

Un estólido periodismo de espectáculos perpetuaba entonces una división tosca entre el pop de baladas para televisión y festivales, y el canto popular de metáforas que resistía en peñas, parroquias y patios universitarios. Intentó por eso, sin suerte, simplificar la irrupción de Los Prisioneros en el cauce esperable de lo rebelde según el tópico rockero. Pero una de las primeras entrevistas a la banda en un gran medio rompía ya en su título con la tácita norma promocional de obediencia quieta a códigos predeterminados: “LOS PRISIONEROS: “LOS BUENOS MÚSICOS SON ABURRIDOS””, se presentaban en El Mercurio en abril de 1985. A cuatro meses de la publicación de su cassette-debut, La voz de los ’80 (1984), el grupo ensayaba la franca insolencia a sus mayores:

Nos interesa la música sencilla pero interesante. Ninguno de los tres somos músicos consumados, y no nos interesa ser mejores porque tocaríamos música demasiado difícil de comprender. Los buenos músicos se engolosinan con el dominio de la técnica. […] Es natural que la gente que va a una escuela de Arte y que se perfecciona en otros países transmita lo que ven en otras partes. Imitan, y como no son europeos, les queda una cosa que no es ni chicha ni whisky (“Wikén”, El Mercurio, 19/4/1985).

Cinco meses más tarde, en La Bicicleta, Jorge González ya está en condiciones de autodefinirse propiamente como autor, y no desde referentes para iniciados:

—¿A qué se debe que tus textos sean tan directos?

—A que no soy poeta, a que soy una persona de la calle, a que tengo educación de liceo fiscal (La Bicicleta, septiembre de 1985).

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El lugar común de que las buenas canciones “hablan por sí solas” no es tan cierto cuando lo que se busca destacar es un talento ampliado a una impronta que marque el debate de su tiempo. Los tres LP que Los Prisioneros publicaron en dictadura (entre 1984 y 1987 se sucedieron La voz de los 80, Pateando piedras y La cultura de la basura) contaban con la suficiente fuerza para sacudir desde las bases lo que hasta entonces se entendía por canción pop, pero también como creación de protesta. Los versos en “No necesitamos banderas”, “¿Por qué no se van?” y “Nunca quedas mal con nadie” eran los del descreimiento hacia los discursos colectivos que entonces intentaban articular la crítica social y política, tal como en “Sexo”, “Que no destrocen tu vida” y “Paramar”, Jorge González defendía una disruptiva individualidad incluso en asuntos íntimos.

Tan acertadas grabaciones completaban su manifiesto con la excepcional agudeza de su autor en entrevistas: “No queremos ser un mito ni el típico héroe que sale de la pobreza y de a poco va triunfando y se convierte en millonario. Ésa es la mentalidad del capitalismo. A nosotros nos gustaría que lo que hacemos sirviera para que mucha gente se sintiera bien […]. Miramos el arte desde el punto de la diferencia y la originalidad. (Fortín Mapocho, 16/4/1988)”.

Cuando se recorren los archivos de las citas del trío en diarios, lo que se repite es un breve duelo entre partes irreconciliables, con Jorge González desafiando a sus interlocutores con una reinterpretación completa de lo que podía llegar a ser un joven chileno opinante y con la autoconciencia de su papel en el ridículo baile de figuración popular de un país bajo represión.

“Lo critican todo” los presenta La Tercera en el epígrafe de “LOS PRISIONEROS ABRIERON LAS REJAS DE SU VIDA Y SE CONFIESAN” (26/5/1986), donde el músico no tarda en deslindar su lugar distintivo en la música chilena: “En una casa discográfica normal no nos hubiesen grabado. Hay estereotipos: o eres un Quilapayún o eres un Miguelo”. También el foco social de las canciones del trío merece allí una precisión: “Nos preocupa el sentimiento de inferioridad de nuestro pueblo”.

Nayive Ananías, en Si aquí tu genio y talento no da fama, repasó el trato dado a Los Prisioneros por cinco diarios chilenos entre 1984 y 1990. Es elocuente el conteo de calificativos recurrentes entre los redactores: el de “resentidos”, por sobre todo; pero también lo de “agresivo”, “negativos”, “amargos” y “pesimistas”.

“Muy pocas veces Los Prisioneros sonríen sobre un escenario”, advierte otra nota de 1986 de La Tercera (6/11), en la que además se detallan los ”rostros hoscos“ de los tres sanmiguelinos. En una entrevista para El Mercurio se subraya lo que la periodista considera son rasgos de inconsecuencia (“critican a quienes miran hacia Europa; sin embargo, van a ser editados en España”), arribismo (“¿qué tan cercanos se sienten a la realidad de San Miguel, ahora que tienen el éxito en sus manos?”) y pose (“juegan un poco a la postura del ‘pesado’“). Responde González: “El mundo es más negro que rosa, pero hay como cuarenta artistas que le cantan a lo rosa por uno que le canta a lo negro. (“Wikén”, El Mercurio, 22/4/1988)”.

Nunca eligió Jorge González tomar su turno para defenderse de las manidas impresiones de Los Prisioneros como un grupo puramente descontento, por el contrario. “Los que creen que nos ofenden diciendo que somos resentidos están muy equivocados”, le dirá en enero de 1986 a El Mercurio. Particularmente osada es la periodista Rosario Guzmán Errázuriz cuando para su encuentro con el grupo (La Segunda, 2/1/1987) asegura haber realizado ”una breve encuesta callejera“ que según ella arroja que ”el éxito de Los Prisioneros provenía fundamentalmente de los sectores más modestos, en tanto en aquellos de niveles socioeconómicos más altos se los tildaba de “rascas”, y persiste durante toda la entrevista en enrostrarles calificativos incomprobables (“¡qué rabia que llevan dentro!”; “sus miradas son tristes y cabizbajas”; “no hacen ningún amago por embellecer su propia imagen”), además de un remate insólito: “Les aseguro que hacía tiempo que no advertía una carga de agresividad tan grande y tan gratuita… No es fácil, con ustedes, llevarse un buen recuerdo”.

Tan odioso paternalismo es representativo de una época en que los músicos llegaban a los medios chilenos como a quien se le concede un favor. En parte, la lucidez de Jorge González radicaba en responder en sus términos a ese periodismo de reproches:

—… quieren que este movimiento, que comenzó como una expresión juvenil, se transforme en una fábrica de billetes; cabros chicos titireteados por viejos. O sea: ”Cántale al amor, cántale a la florcita…, pero ¡por favor no hagan pensar!, porque ahí nos vamos al hoyo”.

—¿Habrían pateado piedras si no es por la música?

—Seguramente. Fui uno de los privilegiados de mi curso, saqué un puntaje como para estudiar en la universidad. Pasa que los de liceos fiscales tenemos que ser casi superdotados, no así en un colegio pagado del barrio alto.

—¿Qué planes tienen para cuando sean mayores?

—Quisiéramos estudiar o arreglárnosla de manera de no tener 30 años y estar mintiendo a los jóvenes como lo hace otra gente que no se puede bajar del escenario y sigue repitiendo las mismas fórmulas. Tratamos de tener una carrera honesta, y que se acabe cuando no tengamos nada más que decir (Las Últimas Noticias, 24/10/1986).

La figura del “resentido”, quien cuestiona el orden social y político por sentirse excluido de los beneficios del mismo, permite descalificar las demandas de todos aquellos que no comulgan con el régimen militar —anota Nayive Ananías en la citada tesis—. De esta forma, tal estereotipo es útil para instaurar una falacia ad-hominem sin que ésta sea visible: no se atiende al razonamiento, sino que se atribuye a la persona que la realiza una característica que la deslegitima. En este caso, se tratan de cualidades como la ingratitud y la amargura, que son resaltadas reiteradamente en Los Prisioneros”.

No existían entonces revistas especializadas en el nuevo pop chileno y argentino. Escindido de Vea, el semanario Súper Rock (1986-1988) tuvo lo más cercano a una cobertura preferencial para el género, aunque ésta consistiera más bien en no perderles pista a los apresurados pasos de las fans de Soda Stereo. No eran los de sus páginas textos sobre música ni trayectorias discográficas, sino algo más parecido a las semblanzas biográficas de quienes ubicaban singles en castellano en radios; de Engrupo a Upa! y de Cinema a Virus: amalgamados en un mismo impulso de entusiasmo por la dispareja oferta de canciones eléctricas, las banales y las propositivas. En sus 60 ediciones, Súper Rock tuvo a Los Prisioneros al menos cuatro veces en portada, incluyendo una edición especial de ejemplar completo en marzo de 1987.

“JORGE GONZÁLEZ: LA FRIVOLIDAD FRUSTRADA”, fue el título de la entrevista más extensa al músico en esa publicación. ”Odiado por unos cuantos pero respetado y admirado por muchos más, es quizás la figura más carismática del pop chileno“, concluye el redactor luego de insistir en llevar la conversación por definiciones identitarias sobre clase y pertenencia:

—… si bien podemos ponernos ”cabezones“, a veces se nos asoma el cabro chico y lo pasamos muy bien con cuestiones que a un tipo del Café del Cerro le parecerían absurdas.

—¿Eso significó un choque con el mundo del que viene Jacqueline [Fresard, su esposa]?

—En realidad, ese mundo es más intelectual que el de Los Prisioneros, pero si yo no hubiera conocido a los chiquillos, seguramente me habría acercado a esos círculos por mis inquietudes y mi afición a la lectura, por ejemplo; aunque al final me sentiría diferente igual. Los Prisioneros somos una mezcla de ambas cosas: lo intelectual y lo simplón. Y por eso hemos tenido éxito. (Súper Rock, 16/3/1987).

Más que describir la discografía de Los Prisioneros o aportar señas de referencia a su trabajo, las revistas se ocupaban en torpes duelos verbales que parecían querer llevar al trío a aceptar su definición de términos. González era siempre hábil para no concederles ni un pase:

—¿No crees que el rock de Los Prisioneros es muy contingente, que frisa en lo político?

—Oye, acaba de venir el Papa Juan Pablo II a Chile y él dijo que en el mundo hay gente que tiene mucho y otra que no tiene nada, que los ricos les den a los más pobres; y nadie dijo nada. Es lo mismo que dijimos en nuestras canciones antes y se armó un tremendo escándalo (TV-Grama, 10-16/4/1987).

El éxito del grupo descolocaba también a círculos artísticos universitarios, muchas de cuyas inquietudes literarias y musicales se encauzaban en la revista La Bicicleta (1978-1990). Si el nombre de Los Prisioneros comenzó a aparecer en sus páginas fue primero en la sección de cartas, con diatribas y defensas que daban cuenta de lo novedoso (e incómodo) que resultaba entonces un pop de crítica y propuesta. Varias entrevistas dio luego Jorge González a la publicación, consciente él de que allí sus dardos contra cierta audiencia se amplificaban en una provocación más efectiva:

—No nos interesa el rock. No somos rock, sino música popular[…].

—¿Qué los motivó a cantar?

—Que nos sentíamos capos.

Encontrábamos que las canciones de los grupos eran tan malas, que era muy fácil hacer un conjunto […]. Hay tanto apitutado en la tele que canta puras huevadas, hay tanto artesanal vendiendo pomada barata de la poesía, que era fácil hacer un grupo y decir cosas distintas.

“…A nadie se le ocurrió antes hacer una canción con la temática de “Sexo” o “Nunca quedas mal con nadie”; las ideas estaban ahí, y no hubo que rebuscárselas mucho para hacerlas. […] Yo no creo en la juventud; me parece una etapa muy tonta, donde uno no sabe nada y el medio lo obliga a ser renovador. Nosotros no nacimos en contra del Canto Nuevo, sino que en contra de todo lo que significa obviar los problemas, irse por los lados. Lo de la música rebuscada, lo de la poesía. Nosotros estamos en contra de los artistas” (La Bicicleta, 22/4/1986).

Vehemente en la defensa atípica de algo así como una ética de los modales, la alerta y el pensamiento propio, no sorprende que Jorge González resultase atractivo como entrevistado también para las revistas destinadas a la elite. Varias veces estuvieron Los Prisioneros en las páginas de Mundo-Diners, cuyos redactores auscultaban a su líder en flancos públicos y privados, sin suerte para hallarle grietas. Incluso con tres discos ya publicados y creciente entusiasmo extranjero por la banda, el músico continuaba siendo hábil para instalar las pistas de un manifiesto. De su proceso de composición hasta el uso de drogas consiguen dejarlo al mando de la conversación:

Diría que [componer canciones] es como escribir un artículo para un diario. A veces pienso que estoy más cerca de los redactores que de los poetas. Y aunque al principio no suene coherente, trato de soltar lo que tengo dentro y contar mi cuento. En realidad, podemos hacer canciones donde nos equivocamos porque somos un grupo autorizado a tener rabietas.

“…No pensamos, al hacer las cosas, cómo le irá a caer a tal sector o al otro. […]. El gusto por la sobriedad, por no fumar, por no engrupirse a una mina por engrupírsela. El tratar de divertirnos con cosas sencillas […]. Una especie de rebeldía contra la rebeldía que nos imponen los discos, los libros, las series americanas. Ellos no tienen derecho a decirnos contra quién enojarnos” (Mundo Diners, noviembre de 1987).

Pero si en determinados círculos intelectuales Jorge González pudo llegar a legitimarse como un autor de carácter, las publicaciones de orientación política fueron cediendo mucho más lentamente a Los Prisioneros. No había en los dichos ni en las biografías de los tres músicos vínculos de militancia, y al menos hasta 1988 (con su opción pública por el No en el plebiscito), tampoco tuvieron palabras directas contra los militares ni civiles en el poder. Su origen proletario y su rabia hacia la desigualdad entre clases era sin embargo evidente. No extraña, por eso, que una de las primeras entrevistas al conjunto haya aparecido en la revista que la Vicaría de la Solidaridad publicó quincenalmente entre mayo de 1976 y octubre de 1988. El cassette de La voz de los ’80 tenía apenas un mes de editado:

[Nuestro público] vive en los alrededores de Santiago, va a liceos con números, anda en micro, está mal alimentado, tiene pelo negro y mide menos de un metro sesenta, pero ve la televisión y sueña con ser distinto, con parecerse a esos que salen allí y que son a los que les va bien (Solidaridad, 19/1-1/2/1985).

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